paseo-arboles

Nitidez

A mitad del paso subterráneo sentí un escalofrío. Era aquella época en la que no sabría decir si llevaba más tiempo la chaqueta en la mano o sobre los hombros y corría una leve brisa por el pasillo, pero no era eso. No supe identificarlo en el momento, seguía pensando en las cosas de siempre. Como cada día, volvía del trabajo cansado y quería llegar a casa, varias preguntas se repetían en mi cabeza. Qué hacer de cena. Poner una película o terminar el libro que tenía a medias desde hacía demasiado tiempo. La cantidad de series que tenía en la lista de pendientes era tan grande que me abrumaba siquiera echarle un ojo. Siempre podía intentar dormir pronto… A quién iba a engañar.

Al salir a la calle, justo tras el último escalón, me di cuenta. Todo estaba desenfocado.

Me quedé paralizado en un lado de la boca que se abría en el suelo. No puedo aventurar cuánto tiempo estuve en aquella posición, ni si otras personas pasaron a mi lado en alguno de los interminables momentos que transcurrieron.

Observé el paseo de árboles que siempre me había llevado a casa, pero el camino habitual no estaba allí, solo había unos borrones de colores. Me sentía como el personaje de las películas al que se le caen las gafas en una persecución y tiene que buscarlas a tientas. Creo que pensé en esa imagen porque yo no llevo gafas, nunca he tenido problemas de vista. No veía exactamente como nos lo pintan en esas escenas, el efecto de desenfoque era parecido, pero cada elemento no estaba borroso al mismo grado, tuve la impresión de que no solo dependía de la distancia. Había algo muy diferente en los colores. Algunos tenían más intensidad que otros: me fascinó la fuerza del verde de las hojas que se mecían con delicadeza. Las grietas en los troncos de los árboles estaban marcadas con una profundidad anhelante, que evocaba la sensación del vacío que te llama cuando te encuentras en un saliente elevado. En el lienzo rosado más allá de las copas de los árboles se recortaban estallidos blancos y brillantes de formas imposibles. El paseo de cemento tenía un aspecto grisáceo y anodino que no me llamaba nada la atención.

Empecé a pensar en qué me estaba sucediendo. Los pensamientos se habían agolpado en mi cabeza con tanta velocidad y número que de alguna manera habían hecho tapón. Ahora iban filtrándose poco a poco, tal vez cediéndose el paso entre sí. Enfermedad, alucinación, estrés, sueño, ilusión, miedo, muerte. Goteando como el sudor frío que me recorría al detenerme a mirar las ideas de cerca. Cerré los ojos y me masajeé las sienes, emulando un intento de calma que no sé si hubiera sido muy convincente ante ningún espectador. Inspiré y espiré con demasiada furia varias veces, postergando el momento de abrir los ojos de nuevo; finalmente, con los puños cerrados, lo hice.

Todo seguía igual.

Sin embargo, me convencí de que no era tan grave; después de todo, a grandes rasgos veía mi entorno. No debía ser tan complicado llegar hasta mi casa. El primer paso fue extraño, al poner el pie en el suelo, lo sentí algo acolchado, como si pisara un lugar con abundante arena. El resto del camino lo pasé sintiendo el peso de mis brazos balanceándose y las formas que describían mis piernas para poder avanzar. Los colores de mi alrededor destellaban de tanto en tanto, aunque en ningún momento me detuve a admirarlos. Si no le prestaba demasiada atención y mantenía el objetivo funcional de llegar a mi casa, no se diferenciaba tanto de otro día más.

Cuando fui a coger la llave para abrir la portería, me asaltó otro escalofrío. Mi mano estaba borrosa.

Al acercarme a la puerta había comprobado que esta se iba definiendo a medida que se acortaba la distancia que me separaba de ella… Pero mi mano estaba ahí mismo y no era más que un borrón blanquecino que sostenía un manojo de tres llaves nítidas.

Trepé las escaleras de dos en dos, intentando no fijarme en ningún detalle en el trayecto, evitando mirar directamente mis manos de nuevo. Llegué a mi planta entre jadeos, abrí con torpeza la puerta y me eché contra ella desde dentro. Todo estaba bastante oscuro, solía dejar las persianas bajadas casi al máximo.

Tembloroso, avancé como un zombi por mi piso hasta la habitación. Una vez dentro me giré, buscando el interruptor de la luz. Lo pulsé. Después de unos segundos inmóvil, me acerqué a la cara la mano que había usado para iluminar la estancia. Seguía siendo la misma figura emborronada. Contemplé durante largo rato la palma. Los surcos no eran más que jirones desgastados, ya no se podían ver las intrincadas líneas que dibujaban un extraño mapa. Con los dedos de la otra mano y un tacto trémulo, reseguí las formas, creía notar las estribaciones en las yemas, pero tal vez solo eran recuerdos.

Me senté en la cama, todavía examinando mis manos; detrás de ellas, la pared. La pintura azul, que durante tanto tiempo me había parecido gastada, sucia, necesitada de una nueva capa, relucía como el mar en los primeros momentos del atardecer. Las manchas aquí y allá hacían que el color, en conjunto, brillase más. El brazo derecho, como un autómata, se extendió con ligereza hacia delante y desplegó su mano de manera que el corazón rozó la pared. Estaba fría.

Ya no podía postergarlo más. Me di la vuelta y me miré al espejo de pie. En él se reflejaba una figura. Mi cara no estaba desenfocada exactamente, un poco sí, pero era… ¿regular? Aun así, las facciones que había en ella no eran las que acostumbraba a tener. Eran imprecisas. La mirada era esquiva y se apartó cuando estuve a punto de establecer contacto. Después de unos segundos volví la vista al mismo punto y descubrí que los rasgos parecían… No, con seguridad eran distintos a los que acababa de ver hacía un momento. Era otro rostro.

La ola volvió más tarde, imposible de nuevo especificar cuánto tiempo transcurrió hasta entonces, pero una simple idea la había descorchado.

Como un relámpago absurdo en mi mente, pensé en si aquello era lo que les ocurría a las personas con prosopagnosia, había descubierto aquel trastorno en una obra de ficción, que servía como recurso para encubrir parte de la trama, y siempre me había preguntado cómo sería experimentarlo. Pero debía ser como lo de las gafas en las películas, es difícil representar aquello que se desconoce, aunque podamos reconocer lo que le asociemos.

El resto de pensamientos se cansaron de esperar, de notar cómo sentía aquellas escenas, y volvieron a la carga. Se armaron los arneses y se descolgaron desde las vigas más altas de mi mente, dispuestos a ocupar todo el lugar, armados con todo tipo de artilugios y herramientas. Rascaron las paredes, destrozaron los muebles, rompieron los objetos valiosos. Abrumado, solo podía sentir el vacío de aquel estruendo.

Tuve un instante de un terror eterno, profundo, como si la muerte me hubiera rozado una mejilla, con sus dedos o tal vez sus labios. ¿Qué significaba aquello? ¿Por qué estaba así?

Y, no obstante, tras esa eternidad, el frío del miedo se esfumó. Me sentí allí, en la habitación, bañado por aquel mar. Lejano. Sentí su agua tan clara rozándome los pies.

Me levanté con una decisión que jamás había experimentado. Sin darme cuenta estaba sentado frente a un puñado de hojas. Los lápices a mi alcance, los borrones de mis dedos sosteniendo una y otra cosa. Los trazos se entretejían en una melodía tan limpia como aquel mar, como si después de toda una vida alejados se reencontraran y se reconocieran. Y no cesaba. Se susurraban, se rozaban y se unían de formas inesperadas. En su baile, siempre resultaban en imágenes nítidas.


Si queréis leer más textos como este, consultad la sección Cuentos.

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