banco

Esperas

Era como estar sentado en un banco, esperando. El resto del escenario puedes ponerlo tú, no va a cambiar el sentido. Es una espera.

Imagina que es una estación del metro de tu ciudad, atestada de gente y que huele mal. Gente que mira el móvil para ver la hora. Gente que lee en su ebook, en su tableta o quizá un libro analógico. Gente que habla sola por el manos libres. Gente que habla sola. Gente que habla a las papeleras. Gente que corre estresada. Y más gente como tú: sentada. Esperando.

En una parada de autobús. Consultando el horario del próximo en el smartphone. Los vecinos comentando el precio del detergente, comparando supermercados. Niños con la mochila cargada a cuestas, ansiosos por empezar el colegio y descubrir a sus nuevos compañeros o por reencontrarse después del verano con los antiguos. Una chica que mira disimuladamente a otra. Una chica que intenta descubrir si otra la está mirando. Todos como tú. Esperando.

Quizá el banco está en un parque. Esta vez los niños no paran quietos, corren de un lado a otro probando por enésima vez los mecanismos de la zona de juegos. Madres y padres que vigilan distendidamente cómo juegan sus hijos mientras comentan distraídamente cualquier tema con sus compañeros de asiento. Pensando en mil y una cosas, y en que sus hijos no traspasen la barrera imaginaria de la zona que han establecido en sus mentes para ellos. Pensando en cuándo estarán cansados o satisfechos del esparcimiento. También. Esperando.

Tal vez el banco esté en un rincón más apartado de la ciudad. Un chico nervioso no para de levantarse y sentarse. Pensando en si finalmente acudirá o no. ¿Insiste más por el teléfono? No, ya ha sido suficiente, pensará que es un pesado. No. No, en realidad no ha sido tanto, mejor envía un último mensaje de confirmación. ¿O llama? ¿Se retrasará mucho? ¿Sí, no? Si no viene que diga algo por favor… Así. Esperando.

Pero también puede haber un banco en medio de la nada. Allí donde más te guste estar. Donde no haya nadie que te moleste. Un día soleado de verano junto a un lago o el mar, las nubes pasan veloces y te parece que están junto a ti al reflejarse en la límpida superficie. Un paisaje azulado y blanco, lleno de pureza. Sonríes plácidamente.

Una selva tupida, húmeda, recargada. Entre los árboles, junto al río, ahí está tu banco. Tucanes, serpientes u otros animales pueden arremolinarse a tu alrededor, pero es tu lugar, estás en comunión con ellos. Ellos siguen con atención tu mirada, preguntándose qué haces ahí. Les contestas con una sonrisa paciente.

Tal vez esté en medio de una ciénaga. Sus patas están medio sumergidas en el lodo, pero las alimañas no se atreven a treparlas. Una neblina negruzca y grisácea te envuelve. Un cuervo anuncia su llegada con un potente graznido y se posa a tu lado. Tú le miras sonriente.

En cualquiera de esos lugares. Allí está tu asiento. Tu espera.

Allí estás tú. Esperando.


Si queréis leer más textos como este, consultad la sección Microrrelatos.

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