lago-montana

Día azul

El terreno era llano. La pradera estaba parcialmente ocupada por un lago que se extendía a los pies de un chiquillo humano. Desde donde estaba, el contemplador solo veía una ligera parte del agua, pero daba la impresión de ser un lago muy grande. Tenía la forma de dos trapecios regulares unidos por un estrecho de tierra que no llegaba a tocarse; aunque no podía aseverar esa imagen desde su posición.

La superficie del agua era lisa y tranquila, reflejaba la luz del intenso sol, mezclando el fulgor amarillo con el azul suave que ella misma poseía. La orilla estaba poblada por infinidad de hierbas de tallo mediano; al chiquillo tan solo le cubrían los pies, pero en el lado derecho e izquierdo de la laguna la maleza era más alta y se arremolinaba sobre las raíces de los árboles y lamía sus troncos. Las hojas de los robles y castaños que ocupaban los cabos del estrecho lucían una amplia gama de colores. De un pardo muy rojizo a un amarillo apagado, desprendían una presencia mate, como si trataran de desafiar al sol rechazando su brillo.

Ocultos entre los hierbajos, se disponían por toda la llanura algunas alimañas. Pudo distinguir un par de gatos grises correteando, removiendo con el aire tramos de maleza, jugueteando con mariposas relucientes. También observó como varias aves alzaban el vuelo haciendo temblar ramajes enteros y se perdían entre el azul lejano. Reconoció también algunos conejos pequeños —tan blancos que dañaba los ojos el mirarlos directamente— que oteaban a su alrededor, expectantes.

El contemplador vio como el niño alzaba la vista hacia el cielo, buscando, frente a él, algo más allá de las enormes nubes que lo poblaban. Algunas transportaban el color celeste del aire que las rodeaba, pero otras tomaban un blanco más definido, aquellas cuyas gotas estaban más orgullosas de su naturaleza. Otras sin embargo mostraban la fiereza de un azul intenso, a juego con las sombras que ellas mismas proyectaban sobra la pradera, confluyendo en los toldos de tinieblas que dejaban caer los árboles y las colinas. Las masas de cúmulos navegaban por el aire a una velocidad incierta y permitían entrever a intervalos los promontorios que había al norte.

Sobre un fondo color añil, profundo, un pequeño jirón de nube se difuminó, dejando por instante el esbozo de la figura de un caballero con una alabarda en ristre. Segundos después de la desaparición de la imagen, el contemplador aún podía percibirla en su mente, por algún extraño motivo que desconocía.

El observador sintió el súbito vuelco del diminuto corazón del chiquillo. Podía sentir aquellas cosas, pero no las entendía. Percibía hasta el mínimo cambio en la naturaleza de los humanos pero era incapaz de comprender cualquier cosa que no surgiera de su razón. Buscó algún indicio más que hubiera provocado aquel estremecimiento y halló, en un collado, dispersa entre las sombras de una gran nube, una silueta. Tenía una forma incierta pero parecía zarandearse en algún punto, o hacía oscilar alguna de sus extremidades si es que poseía algún tipo de ellas.

Desde su lugar de contemplación solamente observaba la espalda del niño y no pudo ver la inmensa sonrisa que esbozó, ni cómo esta se emborronaba por las lágrimas, de la emoción que le inundaba y que trataba de contener; ni si quiera atisbó la verdadera importancia, decisiva en la vida del chico, de aquel mensaje.


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