Taller

Imágenes musicales

Out of the mist it's coming closer now...

Blind Guardian - Punishment Divine
Sollozaba en la oscuridad. Las tinieblas se arremolinaban a mi alrededor, espoleadas por el movimiento incesante y violento de las llamas. El crepitar del fuego resonaba en mis oídos mientras el estruendo de las casas consumidas hacía retumbar el mundo entero. Aquello era lo único que me unía aún a algún mundo, si es que de verdad vivía. Sentía todo lo percibido con cada poro de mi piel, siempre fundido en un mar de dolor. Me había quedado sola. No me había dado cuenta ni sabía por qué. Todo había llegado de repente sin dar ninguna explicación y se había marchado en un torbellino de sangre y fuego. No había dejado a su paso más que aquello que ahora mismo contemplaba. Un niña indefensa que no había ni tan siquiera empezado a vivir y a la que ya no le quedaba nada. De entre la niebla que se había mezclado con el humo surgió un hombre muy alto. Caminaba muy lentamente, dando un paso tras otro sin precipitarse, calculando cada milímetro antes de avanzar. varias placas de su armadura resonaban entre sí, generando algunos sonidos agudos que se alzaban por encima del horror. Ni la oscuridad ni la capucha que llevaba me permitieron ver su rostro cuando se detuvo cerca de mí y habló: —¿Quieres seguir viviendo? Su voz fue totalmente neutra y penetró en mi cuerpo como una lanza candente. Me di cuenta de que me había pasado todo el tiempo maldiciendo al mundo por no haberme dado elección de llegar a él. Simplemente alguien me había puesto allí. Lo siguiente que vi fue su arma apuntándome, muy cerca de mi cuerpo. Cuando repitión la pregunta, el eco llegó a mis oídos como un susurro trémulo.

Lights are fading

Angra - Ego painted grey
Eso ponía en una hoja que encontré un día. Es verdad, una a una, las luces van apagándose. Lenta pero inexorablemente, sin ninguna armonía. O al menos yo no sé descubrirla. Siempre me ha costado conectar de esa forma con el mundo. ¿Encontrar la música que hay más allá de las pequeñas cosas? Qué...
Así que las sombras se arremolinan, te engullen, te mastican con ahínco y te tragan con gusto; no sienten vergüenza al mostrar el placer que ello les proporciona. Mientras te retuerces en esa cama que odias, las dudas te asaltan. O quizá podrían hacerlo si te hubieran abandonado en algún momento, pero no, siempre están ahí. Corretean como niños, ajenas al dolor que te producen, al incisivo tormento nocturno. ¡Ja! Qué bonito era cuando solo sucedía por las noches. Ahora las tinieblas te asaltan en cualquier momento y lugar. Recordándotelo. Impidiéndote olvidar que se formaron en un tiempo determinado, que ellas son una consecuencia de algo. Tus propias decisiones te atormentan. Te justificas en que lo haces para evitar el sufrimiento, en que esa pequeña angustia diaria es mejor que la alternativa... Pero, ¿cuándo lo has contabilizado? ¿Quién puede? Y sigues eligiendo mal. Planteándotelo y repitiéndote que todo lo que haces está mal, que los otros caminos eran los correctos. Los gritos de ayuda hace eones que murieron dentro de ti. Tu mismo te forzaste a ahogarlos. ¿Qué hacer si alguien los contestara? Sigues teniendo miedo de ello. Un temor irracional a la posibilidad, a todas las posibilidades. Tener que decidir... De modo que te arrojas a la inactividad, esa gruta oscura que permanece muy dentro de ti. Tu propio santuario del dolor. Tintado de gris, continúas sumergido en la oscuridad de tus mentiras, sin descubrir quién eres realmente, sin saber dónde reside lo que te falta. Sin saber que no te falta nada.
Ni siquiera recuerdo dónde lo hallé. Ni quién lo escribió. ¿Qué le habría llevado a escribir tales cosas? ¿Sería alguien sufriendo de verdad o uno de aquellos que cree que sufren, e incluso se regocijan en el dolor? No me importó mucho. Sigo mirando cómo las luces de la ciudad se apagan en una inefable melodía. Me alejo de la ventana y me subo al taburete; qué palabra más poco digna para un final, por cierto. La última frase del escrito parece un estertor de esperanza. Inútil. Claro que en realidad te falta algo, idiota. Esta noche, la luz de mi casa permanecerá encendida.

Nadie había avisado

Jami Sieber - Tell it by heart (Braid ost)

Las once de la noche. Llega a casa después de un horrible día.

Hoy ha cenado fuera así que no se preocupa de lo que hayan dejado los demás. Pasa junto a la cocina y la luz está encendida. No hay nadie en ella pero la montaña de platos sucios en el fregadero tiene un matiz casi humano. Saluda en dirección a la cúspide. Traga la maldición que subía por su esófago suavemente; prefiere retenerla para proyectarla a un rostro real, así que procura que no se esconda mucho. Se acerca a la sala de estar y su visión le proporciona renovadas fuerzas con el aire de sus pulmones, pero la imprecación acaba muriendo entre los dientes de su boca abierta. Con la lámpara y la tele encendidas, no hay nadie.

No sabe si siente más ira o pena por la ausencia de los demás habitantes. Nadie había avisado, es raro, pero no está de humor para preocuparse. Apaga las luces y la maldita televisión. Se da cuenta de que la llave no estaba echada y por eso pensaba que había alguien. Entonces sí se preocupa, aprisa recorre todas las estancias. Nada. Solo vacío y más luces encendidas.

Ahora con decidido malhumor, se encamina a su habitación. Su único y verdadero espacio propio. Su diminuto santuario en el que poder refugiarse cuando termina el día. Deja la cartera en el suelo y se desploma sobre la cama. A pesar del frío inicial, cuando lleva un rato bajo el edredón, su propio calor es reconfortante.

En las tinieblas, en la seguridad de su soledad, aprieta los puños con fuerza. Le gustaría ser capaz de levantarse el día siguiente gracias al calor de otra persona, y no solo el suyo. Pero siente miedo de volver a llegar al punto en el que está ahora. No puede acercarse a nadie.

Nadie tiene ya la llave de su casa.

But I'm just a broken man

Darkness Within - Machine Head

Cada segundo un suspiro de dolor. Recuerdos que jamás presenciaste; ajenos pero clavados en ti. Imágenes que existen en tu mente. Como si vieras a través de un espejo que jamás estuvo allí. Fotogramas fragmentados de lo que nunca ocurrió. Las sospechas son tu realidad. ¿Ha ocurrido ya en el futuro? ¿Ocurrirá en el pasado? ¿Está no ocurriendo ahora?

Una diapositiva tras otra. Desordenadas y superpuestas. Poco a poco te quiebran y resquebrajan, en un caos perfecto, bello en su desorden. Lo hicieron ya. Lo seguirán haciendo. Ajenas a su propio efecto, ajenas a ti, a cualquiera que las dibujase. En las fotos solo hay presentes confusos. Da igual. No importa porque da igual.

Un esfuerzo sin recompensa; tus plegarias no son escuchadas. Olvidar las heridas y los pecados. ¿Propietario? No importa. ¿Tú? ¿Eres tú? ¿Eres el del espejo? ¿Es él? ¿Quién hay al otro lado? ¿Yo? ¿Eres yo? Una forma confusa, mezclada, desfigurada, apenas unos rasgos fundidos entre sí.

Te golpea. ¿Las memorias difuminadas o tu puño? No es tan tuyo como lo es lo otro. Sí, sí lo es. Las falsas imágenes obviamente son igual de reales que tus dedos. No. No, más. Duelen más.

El otro, ¿el reflejo?, no sé, pide auxilio. Nadie lo oye... Alguien debe haberlo recordado. Lo sabré. Pero tú estás roto, es lo que más deseas, no hay manera de conseguirlo.

Las manchas en las paredes. Estarán. El espejo se encarga de multiplicarlas. Tus ojos también. ¿Tienes ojos? Jamás se borrarán. A... Nunca. Ayu... Ecos de una imagen que ya no existe. No se borrarán. Ayuda... Un sonido que recorre tu descompuesta mente. Tu garganta. ¿Una señal? Alguien. No hay nadie. Nadie ya recuerda. Es un recuerdo distinto, no es una foto. Como un acorde, sí, eso, exactamente igual a un grito. ¿Entender? No, ya nunca más. Eso se acabó.

Si hubieras retenido esa nota.

¿Redención? En el espejo la figura amorfa muta. ¿Qué es? ¿Una sonrisa? Más manchas, retazos de un mal cuadro sobre un horrible lienzo.

Jamás. Para siempre.

Profecía anunciada

Lágrimas de un ángel - Saratoga

Dedicó toda su vida a su sueño. No vaciló cuando tuvo que tomar decisiones, ni tan si quiera en las más duras. Para él, cuando era joven, no existía la incertidumbre. Todo se reducía a seguir el sendero que él mismo se había marcado, resiguiendo todos los pasos planteados y los que la vida se empeñaba en poner delante de sí. Apenas se detenía a observar lo que hacía, no le importaba lo más mínimo; lo único relevante en su vida era que cada acción le llevase más cerca de su meta.

Cuando se dio cuenta había participado en más guerras que ningún otro hechicero. Había derramado más sangre que cualquier otra criatura de su mundo. Había servido a generales y reyes sin preocuparse apenas por averiguar su nombre o intenciones. Había girado la cara a todo el mundo que había conocido.

El día que abrió los ojos se dio cuenta de que el mundo ya llevaba años sumido en aquel espeso manto negro. El sol no tenía fuerza para brillar como lo hacía antaño. Todo estaba cubierto por aquella pátina de oscuridad y dolor que le oprimía, aunque no sabía por qué. Cuando quiso gritar se percató de que ya no había nadie a su lado que le oyera.

No sabía cuándo ni por qué, pero en algún momento algo también incierto había empezado a estrujar su interior. Había empezado como una forma pequeña y remota, pero esta se había ido extendiendo, arrastrándose primero como una criatura torpe, adquiriendo una destreza tentacular después. Sabía que en todo aquel camino, que lo había llevado a donde él quería, había abandonado algo importante... pero no recordaba qué era. Nadie se lo podía recordar y haber completado su sueño no le servía de nada.

Todo lo que le quedaba eran sus lágrimas.

You always come to me

Angra - Violet Sky

La puesta de sol está dejando hoy un reguero de colores tenues no fáciles de definir. Las grises nubes se unen a los escasos rayos que aún llegan, generando un tono que personalmente me atrevería a describir como violáceo. Si alguien me diera otra opción seguramente vería algo de cierto en ella, aunque en un primer momento me chocase. Los colores, como tantas otras cosas, nos parecen algo firme hasta que cierto día se desmoronan sin razón.

Cuando pienso en las gotas que repiquetean en la ventana, en el alféizar o allá abajo en la calle, me pregunto cuántas veces debe haberse usado esa expresión en la literatura. Reutilizada hasta la saciedad, incluso abusada, y aun así hay algo en ella que me evoca una sensación muy poderosa. De todas maneras, ¿cómo describir y transmitir mejor todo lo que significa estar bajo la seguridad de tu hogar mientras fuera caen chuzos de punta? A salvo de ese engorro, ropa mojada, caídas aparatosas, paraguas que luchan contra el viento, neumáticos que se aferran al asfalto.

Si es época de estar tapado con una manta mucho mejor. Pocas cosas son capaces de augurar tanto confort, tanta protección y tranquilidad; hay una tan obvia —sí, esa— que no creo que sea necesario reproducir aquí. Arrebujado, a salvo de todo ese caos exterior. El ajetreo, la lluvia, el frío, no te pueden alcanzar.

Y aun así los recuerdos me asaltan. ¿Cuántos otoños hace ya? Las estaciones se van sucediendo unas a otras, con pocas novedades observables a pesar de que todo el mundo quiera discurrir sobre ello. No hay hogar que me pueda defender de ellos, no existe fortaleza inexpugnable.

Una fecha señalada. Curiosas formas tiene el lenguaje de saltarte a la cara a veces. Señalada va a estar siempre, con una marca u otra, puede mutar con el tiempo, como una flor que se apaga con el frío y rebrota cuando se acerca el calor. Yo llevaba un ramo de las que me habían parecido más bonitas en la tienda. Siempre he pedido recomendaciones a los tenderos para estas cosas, pero aquel día lo había tenido claro, color, forma y tamaño; todo convergía en la expresión de una belleza tan palpable como efímera. Y así espera que fuera, como en tantas otras ocasiones, un día perfecto que compartir, en el que poder asociarnos libremente en nuestras historias particulares. Pero las flores no alcanzaron su destino, su marco se tornó sombrío, un rincón marchito. Una imagen que regresaba siempre en la misma fecha señalada.

Al menos, fuera, la lluvia podría lamer y confundir mis mejillas.

Contemplador

Día azul

El terreno era llano. La pradera estaba parcialmente ocupada por un lago que se extendía a los pies de un chiquillo humano. Desde donde estaba, el contemplador solo veía una ligera parte del agua, pero daba la impresión de ser un lago muy grande. Tenía la forma de dos trapecios regulares unidos por un estrecho de tierra que no llegaba a tocarse; aunque no podía aseverar esa imagen desde su posición.

La superficie del agua era lisa y tranquila, reflejaba la luz del intenso sol, mezclando el fulgor amarillo con el azul suave que ella misma poseía. La orilla estaba poblada por infinidad de hierbas de tallo mediano; al chiquillo tan solo le cubrían los pies, pero en el lado derecho e izquierdo de la laguna la maleza era más alta y se arremolinaba sobre las raíces de los árboles y lamía sus troncos. Las hojas de los robles y castaños que ocupaban los cabos del estrecho lucían una amplia gama de colores. De un pardo muy rojizo a un amarillo apagado, desprendían una presencia mate, como si trataran de desafiar al sol rechazando su brillo.

Ocultos entre los hierbajos, se disponían por toda la llanura algunas alimañas. Pudo distinguir un par de gatos grises correteando, removiendo con el aire tramos de maleza, jugueteando con mariposas relucientes. También observó como varias aves alzaban el vuelo haciendo temblar ramajes enteros y se perdían entre el azul lejano. Reconoció también algunos conejos pequeños —tan blancos que dañaba los ojos el mirarlos directamente— que oteaban a su alrededor, expectantes.

El contemplador vio como el niño alzaba la vista hacia el cielo, buscando, frente a él, algo más allá de las enormes nubes que lo poblaban. Algunas transportaban el color celeste del aire que las rodeaba, pero otras tomaban un blanco más definido, aquellas cuyas gotas estaban más orgullosas de su naturaleza. Otras sin embargo mostraban la fiereza de un azul intenso, a juego con las sombras que ellas mismas proyectaban sobra la pradera, confluyendo en los toldos de tinieblas que dejaban caer los árboles y las colinas. Las masas de cúmulos navegaban por el aire a una velocidad incierta y permitían entrever a intervalos los promontorios que había al norte.

Sobre un fondo color añil, profundo, un pequeño jirón de nube se difuminó, dejando por instante el esbozo de la figura de un caballero con una alabarda en ristre. Segundos después de la desaparición de la imagen, el contemplador aún podía percibirla en su mente, por algún extraño motivo que desconocía.

El observador sintió el súbito vuelco del diminuto corazón del chiquillo. Podía sentir aquellas cosas, pero no las entendía. Percibía hasta el mínimo cambio en la naturaleza de los humanos pero era incapaz de comprender cualquier cosa que no surgiera de su razón. Buscó algún indicio más que hubiera provocado aquel estremecimiento y halló, en un collado, dispersa entre las sombras de una gran nube, una silueta. Tenía una forma incierta pero parecía zarandearse en algún punto, o hacía oscilar alguna de sus extremidades si es que poseía algún tipo de ellas.

Desde su lugar de contemplación solamente observaba la espalda del niño y no pudo ver la inmensa sonrisa que esbozó, ni cómo esta se emborronaba por las lágrimas, de la emoción que le inundaba y que trataba de contener; ni si quiera atisbó la verdadera importancia, decisiva en la vida del chico, de aquel mensaje.

Día gris

Las nubes no eran negras, pero el observador las hubiera descrito así si alguien le hubiera preguntado por su color. Sin embargo, el tono que tenían era gris con un toque oscuro, que dista mucho del negro absoluto. El sol veía frustrados sus intentos de hacer llegar la fuerza de sus rayos a la tierra. Apenas se filtraba por los nubarrones una tenue claridad difuminada en forma de luz grisácea, iluminando la escena. El contemplador no sabía que era el momento del día en que más alineado estaba el paisaje que veía con el sol; la verdad es que no pensaba nada. Las hojas de los árboles habían mudado aquel día su verde intenso por cetrino apagado y melancólico. Lejos quedaban los reflejos esmeralda que acostumbraba a despedir la hierba sobre la que yacía el contemplador. El césped y la maleza se había tornado una masa amorfa que representaba una minúscula porción de la gama de grises que pesaba sobre el escenario.

La colina sobre la que reposaba el manto de helechos y hierbas, y sobre la que descansaba el contemplador, caía hacia abajo en una ligera pendiente. El observador no hubiera podido mirar detrás de sí mismo, más allá del terreno, aunque hubiera querido. Lo encerraban esas ligeras paredes de césped y árboles grises. De todas formas, el contemplador no se había percatado de nada de esto. Su mirada seguía fija en la zona central del diminuto valle. Allí se elevaba una casucha. Una pequeña choza de adobe con una alfombra de paja conformando su tejado. La pared que el observado podía admirar no lucía ninguna ventana ni otro tipo de decoración. El muro se alzaba sobrio y firme, camuflándose con el estilo cromático que reinaba el paisaje en aquel momento. Ni tan siquiera la paja podía expresar su color a los ojos del contemplador bajo aquel entelado gris.

Al observador se le antojó que el viento que recorría la escena también era gris. El fino y débil aire mecía con suavidad la puerta abierta de la minúscula edificación. Ni tan siquiera la textura recia de la madera podía combatir con el sentimiento grisáceo que provocaban las nubes en el cielo.

De súbito salió alguien de la choza. El contemplador sí advirtió este cambio. En medio del paraje, la persona que había salido, llevaba un vestido. El observador no podía distinguir las facciones del ser humano pero dedujo que era una mujer por el contorno que dibujaba en el vestido el impulso del viento. Sin embargo tampoco esto podía apreciarlo con claridad. Había dejado de ver una persona en el mismo instante en que percibió que el vestido tenía color. Ahora sólo veía una mancha. No podía fijar la vista en sus brazos, rostro o cabello. Únicamente veía aquella mancha intensa. Una mota de color que emborronaba el espacio que ocupaba. Era como si alguna voluntad extraña y desconocida hubiese permitido que se mostrara el color de aquel único objeto.

El contemplador no pensó en la falta de sentido científico para que se diera aquel fenómeno; en la naturaleza del proceso de la visión, longitudes de onda, estructura del ojo ni funcionamiento del cerebro humano. No pensó en nada porque no podía. Su única función era observar. Si tan siquiera hubiera podido mirar hacia otro lado, si hubiera podido mirarse a sí mismo, quizás habría visto los vestigios de sus propios colores. Pero él no podía llevar a cabo tal acción.

Tarde naranja

Los bloques color salmón se unen a los tonos marrones claros y la iluminación menguante del sol. Algo en el aire ejerce una presión de una textura anaranjada sobre y entre los edificios de la ciudad. Un leve brillo dorado recubre las copas de los mismos.

En una zona residencial, casi nadie usa los tejados. Cada vez menos se dedica a subir a tender la colada ahí arriba. También se prefiere la mayor intimidad que concede un patio interior, pues los humanos sienten que pueden mostrarse más abiertos con los vecinos de su edificio, que con los del barrio (incluso personas ajenas a él que pasasen por allí por cualquier motivo). Subir hasta el tejado para tender es una práctica que está cayendo en desuso, apenas puedes encontrar alguna sábana que, por demasiado grande, no haya podido ser ubicada en terreno privado.

Cosas como esas interesaban al contemplador. En realidad, cualquier tipo de información le hacía sentir mejor, le mantenía allí, percibiendo como siempre. Si no descubría cosas nuevas se marchaba corriendo del lugar. Interés tampoco es la palabra correcta, pues sus movimientos sólo respondían a necesidades fisiológicas propias. Alguna suerte de instintos que habitaban en la criatura pero que jamás se había preguntado a qué eran debidos. No lo había hecho porque no era consciente de nada que sucediera en su interior. Sólo percibía estímulos externos y físicos.

Ahora hay un chico cruzando la puerta del tejado del edificio vecino al de su lugar de observación. Con pasos lentos y tranquilos el humano se acerca a la barandilla y reposas sus brazos sobre ella, dejando caer su rostro. Al cabo de un rato, la caída de su cabeza se ha acrecentado tanto que su frente roza la barandilla.

Eso y un edredón estático es todo cuanto puede reconocer como fuera de lo común, no llega a relacionar nada más. Su mente almacena ideas sueltas que organiza como un archivador eficiente.

Pasa una hora y no ocurre nada. La gama de expresiones del chico, miedo, ansiedad, dolor, tristeza, todo ello no supone una verdadera alteración para la visión del mundo del contemplador.

Esos pequeños cambios son insignificantes.

Después de tanto rato, hasta el abrupto movimiento que realiza el muchacho para trepar a la barandilla le parece soso y mundano. Mientras el sol se empeña en esconderse, el observador se marcha, cansado de la inactividad en la zona.

Taller de sugerencias

Pequeño jardín

Un hombre calvo, ajado por la edad, está sentado en un alféizar bastante ancho. Sus pies apenas llegan al suelo del jardín sobre el que está la ventana. La tierra está bastante seca y desarreglada, pero algunas flores se alzan orgullosas a su derecha, cerca del muro que delimitada el terreno. Tienen colores brillantes: rojas, naranjas, lilas. El anciano no sabe qué nombre tienen esas plantas, a pesar de que las ha cuidado con mimo durante mucho tiempo; tanto, que ya no recuerda si las plantó él o ya estaban allí cuando llegó. El día reluce con un gris calmado, como siempre allí, y los anchos y lánguidos pétalos enjuagan sus ojos con color. Mira al cielo, pensando en si las nubes descargarán algo de agua, pero lo cierto es que no recuerda haber visto llover jamás. Siente algo húmedo, pero el cielo permanece tan estático, tan ajeno a cualquier otra cosa que no sea su quietud, que le resulta imposible no darse cuenta de que son imaginaciones suyas.

Un pequeño animal, sin emitir sonido alguno, salta desde dentro de la casa a su lado. Instintivamente, el hombre le acaricia la parte posterior de las orejas con una mano. Después alterna los movimientos con el cuello. El gato se estira, apoyándose contra su muslo y cierra los ojos, complacido. El anciano mira al animal, contemplando la tranquilidad con la que se deja hacer, mientras ronronea suavemente.

Trata de recordar algunos buenos momentos pasados con su compañero, pero se da cuenta, de hecho, de lo mucho que le cuesta recordar nada. De pronto siente una punzada de pánico, ¿habrá comido? El gato responde al estímulo alzándose y mirando al hombre a la cara. Se queda así un rato, ondulando la cola, dándole pequeños golpecitos en la espalda con el movimiento. Casi siente que le está explicando algo, pero tampoco recuerda haber hablado nunca.

Por primera vez, oye el frenazo de un coche frente a la puerta de su jardín. Desde donde está no puede ver la puerta de barrotes que sella la entrada, pero está seguro de que alguien ha aparcado allí. Se oye la puerta abrirse, suaves pisadas en la tierra y la puerta del coche cerrarse. El estruendo del automóvil se marcha en breves instantes. El gato ahora mantiene las orejas erguidas, con aspecto inquisitivo. El anciano asiente, sonriendo con añoranza. Casi le susurra un «perdón» al animal. El gato, sin embargo, serena las orejas y la expresión y con varios saltos trepa hasta la cima del muro cercano a las flores. Dedica un breve vistazo al hombre al tiempo que unas llaves resuenan contra el metal de la verja. El hombre no puede evitar seguir mirando el muro cuando el animal ya se ha marchado.

Cuando oye que la puerta se ha abierto, se pone en pie y se dirige a ella.

Terror

El niño tiene la mirada perdida. Sus ojos se dirigen más allá de la ventana, pero no ve nada en especial, no acaban de enfocar. Se ha cansado de reseguir el quitamiedos. A ratos pensaba que alguno de sus héroes favoritos corrían por allí, a su lado, manteniendo un combate al más puro estilo Sonic y Shadow. Pero hasta de eso se ha aburrido. ¿Cuántos miles de horas llevaban allí dentro? Los gritos de sus padres ante el último intento de iniciar un nuevo juego le han hecho desistir. Ya no ve nada. Ya no imagina nada.

La madre lee un libro electrónico y a ratos comprueba que el GPS funcione correctamente y que les esté llevando por buen camino. En realidad lee un par de líneas y pierde el hilo. Deseaba este fin de semana de relax, pero ahora que ha llegado, no está segura de lo que quiere. No cree que vaya a poder descansar y relajarse en esa casucha dejada de la mano de Dios. Porque ahora la ve así, lo que antes era una mansión en un paraje idílico ahora es una barraca en un lugar árido y muerto.

El padre mantiene los ojos fijos en la carretera, pero apenas la percibe. Desde que salieron de la autopista no se han cruzado con casi ningún otro vehículo. No tuvo ningún problema en adelantar al tractor hacía un rato y ahora su única ocupación es aminorar cuando llega a algún pueblo minúsculo, vigilar que ninguna pobre alma cruce la carretera y acelerar de nuevo al abandonarlo. No han hablado, pero sabe que lo sabe.

—Tome el desvío a la derecha en 500 metros –la mecánica voz no alerta a ninguno de los ocupantes.

La mujer levanta la mirada con calma y comprueba la pantalla del aparato guía. La vuelve a bajar. El hombre espera unos segundos; comprende que el silencio es una confirmación. Cuando el coche toma el desvío, una carretera descuidada, el sol está perdiendo fuerza y el tupido bosque en el que se adentran no ayuda a mejorar la intensidad lumínica. El hombre no esperaba llegar tan tarde, pero la salida de la ciudad había resultado un maldito infierno.

En un instante, el sol se oculta por completo. Los tres ocupantes dejan escapar sucintas interjecciones. Los padres racionalizan: la posición de alguna montaña debe haber ocultado el sol ya. El niño, a su manera:

—¿Ya es de noche? ¿Cuándo vamos a llegar?

El silencio invade el vehículo de nuevo. Muecas de exasperación se mezclan con una ligera preocupación en sus cabezas. La visibilidad es francamente mala en el sinuoso camino. De pronto un trueno. ¿Seguro que ha sido un trueno? Retumbar de algo grande... ¿Tambores? Algunos sonidos lejanos y otros más cercanos. Esta vez ni siquiera el niño se atreve a manifestar sus pensamientos.

Un relámpago se derrumba a toda velocidad en un estallido frente a ellos y un árbol inicia un descenso vertiginoso, desplomándose en todo su peso y envergadura sobre la carretera. Gritos ahogados y audibles. El frenazo brusco no es suficiente para evitar el impacto, aunque sí lo amortigua en cierta medida. Oscuridad.

El niño recobra la conciencia. Por un instante no sabe qué ocurre. El coche está parado y no se oye nada. ¿Se ha dormido y ya han llegado? Apenas consigue ver nada. Percibe un fuerte golpe en el maletero. Trata de girarse pero el cinturón le reduce los movimientos y solo alcanza a mirar de reojo. No consigue percibir nada, está demasiado oscuro. Un fulgor lejano, como pequeñas farolas a muy baja potencia, solo le permite ver como en un baile inquietante las sombras se funden unas con otras.

Oye el ruido de nuevo, un golpe casi idéntico, esta vez en la puerta de la izquierda, la contraria al lugar que él ocupa. En la ventana solo habitan tinieblas, a aquel lado ni siquiera percibe el movimiento de las sombras. Trata de desabrocharse el cinturón, pero está atascado, no atina a forzar el mecanismo para destrabarlo. Otro golpe, esta vez en el capó delantero. «¡Mamá, papá!» grita con todas su fuerzas pero, horrorizado, se percata de que ninguna voz emana de su boca.

El mismo tipo de ruido, algo enorme y pesado golpeando el techo del vehículo. Ahora está completamente paralizado; la impotencia provoca que las lágrimas empiecen a brotar. Siente la necesidad de explicarle a su madre lo de la nota de los profesores en la agenda. Sabe que el siguiente golpe será en su lado del coche y no entiende nada, pero quiere que sus padres le protejan. Quiere sentarse en el sofá con ellos y jugar a la consola...

Otra embestida.

Y después calma. No se oye nada. No sabe de dónde ha venido, el golpe ha resonado por todo el chasis. Más o menos alcanza a ver los árboles y la tierra de fuera. Entonces se da cuenta de que está lloviendo. El suelo está completamente embarrado. Pero no oye el repiqueteo de las gotas en ninguna parte. Trata de volver a gritar sin éxito. Se retuerce en el asiento y tampoco consigue liberarse. Un suave ruido procedente del asiento de su madre. A continuación, otro en el de su padre. Un escalofrío le recorre el cuerpo. Si so voz hubiera logrado manifestarse esta vez el grito hubiera expresado un matiz interrogativo. Siente cómo sus padres se giran al unísono, a una velocidad exageradamente lenta. Cree notar cómo un susurro se escapa de entre sus labios, pero no oye nada.

Difuminados entre las sombras observa los rasgos de los rostros que se le acercan y otean. El llanto, incesante hasta el momento, se congela en sus mejillas al no reconocer a sus padres en aquellas ardientes sonrisas.

Despierto nerviosa

Me despierto nerviosa y empapada en sudor. Tengo la sensación de que estaba soñando, pero no recuerdo nada concreto. Intento forzar una imagen pero no deja de ser una sensación vaga y confusa. Trato de dormir.

Apenas hay diferencia entre tener los ojos abiertos o cerrados, no entra ni gota de luz por la ventana. Aun así, casi puedo imaginar todo. Echo un vistazo general a la oscuridad, divertida. Las paredes, la cortina, mi escritorio con los cajones desastrosamente ordenados y en los cuales siempre encuentro lo que necesito. La pequeña libreta que hace las veces de diario, escondida. Mi minúsculo armario con la ropa amontonada. La ropa de ayer tirada en el respaldo de la silla, libre de la tiranía de mi cuerpo.

¿De dónde debe salir este sentimiento de incomodidad? No percibo ningún movimiento en el aire y eso me inquieta en vez de relajarme, ¿por qué? No se me ocurre nada más confortable que la intimidad y soledad de mi habitación. Así, con esta oscuridad tan absoluta. La única forma de mejorarlo sería ponerme algo de música y escucharla con los auriculares. Pero me parece demasiado trabajo ir a buscarlo.

No tengo ni idea de qué hora debe ser. Siento los párpados pesados, pero, al mismo tiempo, mi cerebro no para de funcionar. Decido cerrar los ojos para que descansen, se lo merecen.

Inconscientemente no dejo de hurgar en mi memoria, escarbando sin ton ni son en distintos lugares, como un perro que no encuentra el hueso que escondió el día anterior. Por un momento tengo la impresión de que voy a dar con ello, pero nunca consigo asir nada. Lo que sea huye de entre mis dedos apenas lo rozo.

Pero no dejo de preguntarme dónde ha nacido ese sudor. Todavía arrebujada en las mantas el frío tacto del pijama me envuelve, no consigo entender por qué, pero lo hace con una sensación cálida. Algo similar a la sonrisa satisfecha de mi madre.

De pronto lo noto, ya está.

Voy a echar mano del despertador de la mesilla a sabiendas de que no lo encontraré. ¿Cómo iba a estar ahí? Esta no es la habitación donde pasé mi juventud. Descubrir la respiración casi inaudible a mi lado me ha devuelto a la realidad.

Abro los ojos. Sigue sin haber ninguna diferencia.

Cortina de cielo

La cortina del cielo impide iluminar completamente la escena. Por el tono de las nubes podría estar lloviendo, pero no parecen estar de humor. Algo cansadas o aburridas, se dejan pasar las unas a las otras sin molestarse, meciendo el telar que cubre la ciudad casi imperceptiblemente.

En un barrio tranquilo, alejado del centro, hay un pequeño claro. El sol consigue iluminar a los niños que juegan en el parque. A las madres preocupadas por que se puedan hacer daño: los columpios van demasiado rápido... Cerca, la panadera que no sabe hasta cuándo conseguirá mantener el negocio ha salido a fumar. Mira al cielo y sonríe, melancólica. Algunas personas caminan arrastrando el carro de la compra o bolsas reutilizables.

En un balcón cercano, un anciano ha colocado un taburete y se ha dejado caer sobre él con cuidado. Es muy duro, quizá debería comprarse otro, ese tiene demasiados años ya. A sus pies, a un lado, descansa una botella medio vacía (sí, medio vacía) de whisky. No le importa ni de qué marca es mientras note el líquido recorriendo su cuerpo y la agradable sensación de calor y comodidad permanezca en él por un tiempo. Dar un trago tiene algo de ritual, su mano arrugada y temblorosa alcanza el cuello de la botella y afianza sus dedos en torno al mismo. Cuando se la lleva a la boca, siente el peso en todo el arco recorrido, como un ancla que aún le ata al mundo. Un susurro que le induce a creer que todavía pertenece a algún lugar.

De repente piensa en el gato. El gato abandonado que su mujer acogió. El mismo que se fue pocos días antes de que ella muriera. Ese gato que aún hoy no ha vuelto. Nunca le había tenido mucho aprecio, estaba sucio y no hacía más que comer y dormir; sin hacer caso de nada.

Los rayos del sol le bañan ligeramente la faz y el torso, las piernas encogidas y los dedos confusos que aferran de nuevo el frío pedazo de realidad. Unos adolescentes pasan corriendo por la calle, quizá faltando a alguna clase, convencidos de que yendo a sentarse a un banco y mantener una conversación estúpida es aprovechar el tiempo mejor que estar aguantando al pesado de turno. Tiene el impulso de gritarles algo por armar tanto follón, pero se da cuenta de que le fallan las ganas. Demasiado esfuerzo. No es que se haya vuelto un blando, es que ya no tiene sentido.

Imagina que el gato negro que ve salir de debajo de un coche, de pelaje oscuro pero tan reluciente como sus ojos bajo aquel sol matutino e inesperado, es el mismo que ha convivido con él hasta hace tan poco. Recuerda su suave tacto entre sus dedos. El estúpido gato que no hacía más que molestar.

Pedazos de realidad se vuelven a precipitar por su garganta y envuelven todo su cuerpo. Y, al mismo tiempo, anegan ligeramente las bolsas de sus ojos.

En globo

El chico se cogió con fuerza y usando ambas manos a la cintura de su padre, envolviéndolo con sus brazos. Cada vez que les golpeaba una corriente violenta de viento hacía lo mismo, y cuando esta pasaba, esperaba prudencialmente para soltarse. Su padre le protegía a su vez la cabeza, atrayéndolo hacia sí. El globo no se tambaleaba especialmente, y el aire no era demasiado fuerte, pero ambos se sentían reconfortados con aquella actuación.

Tenían escasa experiencia en ir en globo, pero entre los dos se estaban desenvolviendo bastante bien. Era cuestión de percibir bien las corrientes adecuadas y usar los mandos de manera oportuna de acuerdo con ellas.

El día estaba bastante despejado y creaba una extraña sensación con el paisaje árido que tenían bajo sus pies. En la lejanía se divisaban colinas y montañas en las que se podía adivinar algo de vegetación, pero el lugar que sobrevolaban estaba desierto. Cuando estaban a punto de llegar al cañón pensaron que el color cambiaría un poco, pero no fue así. El congosto que ahora reseguían estaba completamente seco. Restos antiguos de que en algún momento allí había discurrido agua lo poblaban aquí y allá, pero no eran más que recuerdos.

El yermo paisaje estaba mermando su ánimo, y casi como una respuesta a esto mismo, el niño preguntó:

—¿La encontraremos allí abajo?

El hombre no supo que decir. Llevaban tanto tiempo buscando... Su determinación había ido menguando poco a poco cada día que pasaba y ahora estaba cercana a agotarse. La visión de aquel congosto había reavivado su fuego interior, aunque no por mucho tiempo. En aquel viaje se había dado cuenta de la volubilidad de sus ilusiones, y ahora cualquier avance le parecía un espejismo, no alcanzaba a ver nada claro a través de la duda.

—¿Recuerdas la última feria a la que fuimos con mamá, antes de que...?

El chico intentó permanecer serio y atento a la pregunta de su padre, pero lo consiguió a duras penas. El hombre retomó donde lo había dejado:

—¿Recuerdas aquella atracción donde tenías que pescar unos peces con una pequeña red?

—¡Sí, era muy difícil! Se escurrían... o la red se rompía y se escapaban... Al final no conseguí ninguno...

—Eso no importa —dijo poniéndole una mano en el hombro y agachándose a su altura, para que pudiera ver cómo temblaba su rostro—. No importa en absoluto. Estamos juntos. Y ella nos encontrará.

Cruzando el río por un tronco

Se resbaló.

No supo muy bien la causa, pero el pie derecho se separó de la superficie por la que andaba cuando no debía. Su bota no se había afianzado en el instante en el que levantó la izquierda.

No vio pasar la vida delante de sus ojos y, aunque esto podía ser un indicio de que su existencia no pendía de un hilo, él se sintió estafado. En su lugar se acordó del desayuno, de la magdalena que había comido. Pero no de cómo flotaron las migas hasta la mesa de madera en la que estaba comiendo, desmenuzada con cierto aire de brutalidad. Tampoco pensó en todo lo que le rodeaba entonces. Solo recuperó el sabor dulce. No remitió a nada más que aquello. Ni siquiera en el momento en que, orgulloso y rimbombante, se había ido colocando la armadura, en el profundo engranaje que formaban las placas unas con otras.

Cuando cayó, el sol brillaba en su cénit. La extensa llanura, amarillenta y verdosa, permanecía quieta. No hubo ninguna convulsión en el paisaje que representara el terror del hombre que descendía a alarmante velocidad. Los riachuelos seguían recorriendo en calma sus pautados caminos, no podían dejar de ser las arterias de aquella planicie.

Sus ojos recorrieron sin voluntad el cielo límpido y pálido, exento de personalidad, irreal. Se preguntó entonces qué hacía en aquel lugar. Sí, le habían pedido hacerse cargo de unos bandidos que atemorizaban un pueblo. ¿Pero por qué había ido? ¿Le impelía la justicia? ¿El botín de la recompensa? ¿La sonrisa de los niños? ¿El honor? Siempre había hecho lo mismo porque era lo que creía que estaba hecho para él; del mismo modo que creía que el pájaro canta porque tiene una voz bonita. Si él tenía una buena espada y destreza para blandirla, tendría que emplearla. ¿Qué más quedaba si no? Una orden, varios tajos y una recompensa; eso era su vida. Pero ahora pensaba que el pájaro podía tenr motivos para emplear su voz. Eso le llevó a pensar en una conspiración más grande: ¿y si no eran simples bandidos y formaban parte de una red mucho mayor, con implicaciones muy serias y complejas? Quizá lo mejor hubiera sido volver a casa y aprender otro oficio. Pero ahora estaba a punto de morir.

En el relámpago de eternidad que es una caída, pensó en todo esto. El peso de la armadura le haría hundirse hasta morir ahogado en aquellos ríos que parecían estremecerse del ansía de tragárselo.

Pero en definitiva, quedó tumbado boca arriba, en el agua, y aquellos riachuelos apenas le cubrían medio torso. Se levantó sin grandes dificultades, emergió en la orilla opuesta y después de zarandearse un poco, partió en la misma dirección, dispuesto a acometer su trabajo sin más interrupciones.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll to top