Microrrelatos

Escribir

Los dedos resiguen la pantalla. No la tocan, no la rozan, pero imaginan lo que van a marcar. Algunas palabras que se desharían en el mismo instante de ser formadas. ¿O tal vez no llegarían a forjarse como tales? Los píxeles se juntarían entre sí dando lugar a formas concretas y reconocibles. No reconocibles para todo el mundo, pero formas que podrían significar muchas cosas. Nadie las ha puesto ahí, solo se trata de unos dedos que vagan. ¿Hasta qué punto pueden llegar a importar?

La pantalla se apaga después de unos segundos de inactividad. Ah, pero en realidad no hay nada. No como ahora. No todo en negro, pero la caja está vacía. El espacio blanco no está ocupado por ningún píxel negro.

Un instante.

Todas las posibilidades se agolpan. Vamos, vamos, las yemas se impacientan. Oye, no es tan difícil. De algunas palabras ya sabes las combinaciones, la danza que hay que dibujar. De otras hay que destripar el trazo, pero que no es tan difícil, eh. Adelante.

La uña rasca un poco la pantalla. Así no, tío. ¿No lo ves? Venga... Así. Sí, muy bien. Poco a poco... No, tampoco hace falta tanto. Oye, entre tú y yo... ¿de veras hace falta que te lo pienses tanto? ¿Qué? ¿Importante? No sé de qué cojones me hablas, al fin y al cabo, yo no entiendo nada de lo que sale ahí. Pero escucha, yo no soy quién para discutirte nada. Solo me da un poco de apuro verte tan indeciso. Vamos, no entiendo mucho de esto, pero quizá si tardas algo más la cosa va a perder el sentido.

Embracing the wind

Los colores de la naturaleza se han apagado en aquel lugar. Los mosquitos bailan alrededor de las altas espigas que se agolpan a la linde del lago; del mismo modo que sortean la afilada y prominente hierba. La primavera no insufla vida suficiente a las cerradas flores. Ellas mismas procuran guardar su belleza bajo llave hasta que llegue el momento apropiado. Las ardillas no pueden robar frutos de los árboles así que solo están de paso. Este pequeño paraíso no es más que una pérdida de tiempo para ellas. Ningún caracol ha salido de paseo porque hace días que no llueve. Todo está seco.

Las tablas de madera del diminuto porche de la cabaña crujen cuando el hombre sale. Gimen, aunque casi en un suspiro de alivio. Cuando el hombre se da cuenta de esto piensa que es como el dolor para él, que le recuerda que está vivo. ¿La madera debe alegrarse de sentir la presión de un cuerpo humano?

Sale con una taza que contiene un té humeante, recién hecho. Los nudillos rozan el cuerpo del objeto mientras se acomoda en el sillón y siente la quemazón en la piel. Decide coger el asa con las yemas de los dedos, aunque le parece un estilo muy poco digno.

El asiento se adapta a su cuerpo, le acaricia los brazos cuando los apoya en los suyos. El hombre siente deseos de devolverle el gesto. No entiende porqué se contiene.

Un gorrión pasa delante de él. Da saltos sin rumbo. Por sus brincos, al hombre le da la impresión de que va a destiempo. No sabe qué quiere decir con ello, pero sabe que es la palabra exacta para definir su extraña danza. Los breves aleteos le sugieren que tiene prisa. Quizá un ansia de volver a casa, de huir de ese paisaje estéril. Y el hombre inevitablemente se pregunta si debe tener un hogar al que regresar. Si en tal caso recuerda cómo hacerlo. Si en realidad querrá hacerlo.

Es muy extraña la paz interior que siente el hombre. Más que a un estado de calma responde a una media, la cual refleja la compensación de los momentos buenos y los malos. Porque sí, hay recuerdos con los que le invade una gran plenitud, lo que se atrevería casi a denominar como felicidad. Pero también se le retuercen las entrañas al recuperar ciertos pensamientos.

Piensa que así le basta, se conforma porque lo importante no es él... pero no está seguro.

Trata de sorber el té, pero aún está casi hirviendo. En todo ese rato no se ha enfriado nada. ¿Cuánto rato hace que está allí? Lo más probable es que apenas unos segundos. Hace un gesto de indiferencia. Mira hacia el estanque reposado. Al trasluz ve como el enjambre de insectos revolotea desordenadamente. Se pregunta por qué no le están molestando ya. Piensa que lo que más le gustaría en ese momento es ver alguna mariposa dejándose llevar por la brisa que le refresca el rostro, pero no hay nada, no pasa nada. Todo está en calma.

Hay días que son así: largos.

Llamada nocturna

Al tercer tono, el teléfono fue descolgado.

—¿Diga? —Una voz castigada por la edad resonó al otro lado de la línea. El hombre permaneció mudo unos segundos. Ante la forzada pausa, la mujer repitió, tras un leve carraspeo para intentar conseguir algo más de claridad—: ¿Diga...?

Después de otro breve lapso de tiempo el hombre balbuceó:

—¿Quién es?

—¿Cómo que quién es? —Increpó inmediatamente la mujer—. ¡Me has llamado tú, Antonio! ¿Es que ahora te dedicas a hacer bromas a tu madre a las doce de la noche? —Vociferó, visiblemente afectada y sin tener en cuenta lo que sus propios vecinos pudieran pensar de sus gritos.

—¿Mamá? —Preguntó con inevitable tono de extrañeza—. Perdón, me he equivocado de número.

—Ya, claro... ¿Y puede saberse a quién llamas a estas horas? —Hizo una pausa, que quizá se debía más a buscar un efecto dramático que para buscar las siguientes palabras, ya que las dijo de carrerilla, como si las tuviera preparadas—: ¡Más te vale que no sea ninguna jovencita otra vez! ¡A ver si te dejas de tonterías y me das una nuera como Dios manda! Por no hablar de los nietos... ¡Que ya tienes una edad!

—Perdón, mamá, es tarde...

—¡Claro, anda, ahora corta a tu madre...! ¡No te daré ese gusto, lo haré yo! —Y colgó el auricular con un golpe, o eso imaginó el hombre.

—¿Qué cojones hago? —Se preguntó a sí mismo mientras dejaba caer el teléfono inalámbrico al sofá—. ¿Por qué he llamado a mi madre? No, joder, en serio, ¿qué estaba haciendo antes...? No lo recuerdo...

Miró a su alrededor.

La mesa con un plato sucio, lo que parecían ser restos de pizza. ¿Se la había terminado? No había vasos ni copas pero sí una botella de vino a la que le quedaban un par de dedos. La tele estaba apagada. Un libro en la mesita junto a la butaca. ¿Qué estaba leyendo? No recordaba. Con los dedos de la mano izquierda rozaba una revista de moda. Las titilantes estrellas del router llamaron su atención. El parpadeo era algo molesto pero le atraía. Hasta que de pronto empezó a inquietarle. Un sudor frío empezó a brotar. Apartó la mirada.

Todo era normal y a la vez le llamaba la atención de una forma extraña.

Se miró las manos. Las sentía frías. Entendió que aún estaban frías por el agua. Se las acercó a la nariz y olió un jabón que no le resultó familiar. Tenía las uñas ligeramente sucias.

Quiso ir a la habitación pero a donde llegó fue a la cocina.

—¿Qué coño...? ¿Por qué no me viene nada a la memoria?

Cogió una pera y le dedicó un gran mordisco. De pronto sus dedos se abrieron y la pieza de fruta cayó. Se quedó clavada en el lugar del impacto por el lado mordido y dejó una mancha alrededor. Al agacharse a cogerla vio caer una gota oscura. Atinó a ver que surgía de su cabeza, se irguió y se la palpó con los dedos. Notó algo húmedo en una zona que parecía hundida. Cuando observó de nuevo sus dedos se percató de que estaban perlados de un rojo intenso.

Salió tambaleándose de la cocina. Buscaba la salida pero no sabía dónde estaba. ¿Era aquella su casa...? A tientas avanzó por un pasillo y llegó a un pequeño recibidor. La llave estaba echada. Frenéticamente buscó por todos lados y no encontró nada con que abrir o forzar la puerta.

—¿No quieres seguir? —Susurró una voz sensual, que se deleitaba en la pronunciación de las eses, desde las profundidades del corredor.

Notaba como las palmas de las manos le sudaban. Hacía unos segundos no recordaba nada, pero ahora imágenes y escenas fragmentarias se agolpaban en su cerebro.

—Ha sido muy divertido dejarte usar el teléfono... —Se burló la voz con una risa.

Lo primero fue el horror de la tortura. Algo que presentía reciente. Sintió de nuevo las quemaduras en la espalda. Una luz cegadora. Los golpes al son de la música. Todo en un remolino. Después cosas que se le antojaban lejanas, remotas.

El primer amor del colegio. La primera bronca de sus padres. Sentimientos muy intensos de humillación o rabia en el instituto. No recordaba las ocasiones al completo, pero volvió a percibir en cada centímetro de su piel, y en la profundidad de su estómago, todas aquellas sensaciones. Casi oía sus entrañas gritar y sentía su bilis arder.

Entre las imágenes borrosas se fue desdibujando un rostro, risueño, pero que no lograba identificar.

Despertó.

Estaba desnudo, atado a una mesa de madera maciza y una persona enmascarada acercaba unas tenazas a una de sus uñas. El dolor continuó.

In albis

Cuando veo una hoja en blanco intuyo muchas posibilidades. Estas vienen acompañadas de distintas sensaciones.

Útimamente la primera de ellas, que se empeña en prevalecer sobre el resto, es el vértigo. En concreto la fuerza del vacío que trata de succionarte cuando te alzas ante un acantilado. La necesidad imperiosa de lanzarte, de dejarte llevar sin haberlo decidido.

Una hoja en blanco significa algo por empezar. Algo por empezar quiere decir hacer acopio de fuerzas para ponerte a ello. Nunca antes pensé en la ironía de que terminar algo podía llegar a ser muchísimo más difícil. Pero... ¿de dónde surge la actitud para enfrentarse a la hoja en blanco?

En otros momentos, la sensación no deja de ser una especie de vértigo, pero de distinta naturaleza. Se transmuta en la emoción de empezar: cualquier cosa puede suceder. Si hay una idea previa, esta puede desarrollarse en millones de alternativas. Si no la hay, el efecto es idéntico.

¿Pero no son en realidad lo mismo? El miedo y la curiosidad. ¿Y a la vez tan fundamentalmente distintos? El horror y la ansiedad.

Tantas realidades distintas que coexisten en nuestra cabeza y hay que limitarse a vivir una. En cada instante se puede escribir solo una también. Vaya desperdicio.

En otras horribles ocasiones el blanco del papel equivale a obligación. ¿Hasta qué punto estamos metidos en el entramado social que la historia, a lo largo del tiempo, se encargó de organizar? No sé hasta donde llegan los límites impuestos a cada cual; ni sé hasta donde me autoconformo o me autoimpongo mis propias barreras. Pero en definitiva tenemos que hacer cosas que no nos gustan. Y en algún momento hay que iniciarlas.

De todas formas, en cualquier caso, se acaba dando un primer paso. Del mismo modo que se escribe siempre una primera letra o se produce un primer sonido.

Después es cuestión de rodar, dejarse caer por la rampa. Y quizá en el camino hallar algún escalón en el que descansar un rato.

¿Quién quiere bajarse si se detiene el mundo?

Interior de una cabaña

La calma no parece una buena sensación. ¿Qué estaba haciendo hace un momento?

No lo recuerdo.

No recuerdo nada, solo esta calma. ¿De dónde ha salido? ¿Por qué siento tal plenitud y a la vez no puedo evitar ver algo ominoso en ella? Seguro que le voy a deber algo a alguien por esta felicidad. Por eso no acaba de gustarme.

¿Por qué estoy solo? Juraría que hace un momento había alguien a mi lado. No, había muchas personas.

¿Por qué se han ido? Se habrán hartado de descansar. Qué raro, ¿quién no quiere detener el mundo y bajarse un rato?

No sé de quién es esta cabaña. ¿Tanto he bebido? La verdad es que tenía muchas ganas de emborracharme hoy... ¿Hoy? Espera, ¿cuántos años llevo aquí?

La puerta no abre, como cada día. Limitado a la triste decoración de la caseta de madera. Una mesa, un boli y una silla. Todo austero. Pero la calma sigue respirándose y oliéndose en el ambiente. Hace tiempo que no oigo nada.

Al final no he visto nada en la ventana que apareció ayer. Mañana lo volveré a intentar. No lo entiendo, ¿es que nadie camina por aquí cerca? ¿Qué tengo que hacer para que alguien me oiga? No he conseguido abrir mis labios con el bolígrafo; están cosidos e intentándolo me he hecho daño.

El otro día alguien llamó a la puerta, pero no fui a abrir.

Hoy he oído susurros al acercarme a la pared norte, algo que nunca había hecho. Me ha dado mucho miedo. El miedo está bien, me ha demostrado que puedo sentir algo. Solo ver y oler era muy aburrido, por eso me ha gustado poder oír algo. Incluso sentir algo en mis entrañas.

No sé qué hago aquí sentado.

Caída

Una suave hoja caía. Daba tumbos, incapaz de imponer su voluntad ante la fuerza del viento. Solo corría una leve brisa, pero toda la energía, recogida de un extremo a otro de toda su extensión, no bastaba para imponerse.

Caía lenta, torpe, alzándose para seguir desplomándose poco a poco después. Mientras contemplaba la tierra acercarse, sentía que toda su vida no había tenido sentido. Nunca había podido hacer lo que quería.

Tampoco sabía por qué iba a ser tan horrible percibir el mundo desde el suelo, pero le parecía algo ominoso. No existía ningún indicio de que su vida fuera a ser peor. Aun así, desde el instante en que se había desprendido de la retorcida rama, le había asaltado aquel angustiante miedo.

El contacto fue áspero. La seca tierra la acogió sin inmutarse, pero para la hoja supuso un golpe tremendo. A pesar de su ligereza, sintió como si aplastaran todo su fino cuerpo con el peso de varias montañas. Y fue más severo internamente.

A su alrededor todo era el mismo escenario de siempre. Los mismos árboles, la misma música de fondo producida por los pequeños animales y el riachuelo cercano. Pero ya nada se veía igual, algo emborronaba su vista.

Cierres

Aquel día llegué a casa. No, no fue como cualquier otro. Al salir del ascensor me quedé paralizado. Por instinto, miré de reojo mi puerta y no era la misma. Pensé que me había equivocado de planta, pero con un súbito vuelco de corazón comprobé que no era así. Resulta curioso que moleste no llevar la razón incluso cuando significa que al inicio de una cadena de pensamiento sí que la tenías. En definitiva, que estaba en la tercera planta, la mía. Cerré la puerta del ascensor. Tímidamente me acerqué a la de mi piso y no percibí nada extraño en la superficie de madera. Así, a corta distancia, se había desvanecido aquella impresión de que no era mi puerta. ¿Qué sucedía entonces? Noté que algo me llamaba desde el suelo. Cuando bajé la mirada lo comprendí: había felpudo. Nunca habíamos tenido, así que me sorprendió mucho, pero el desasosiego inicial fue menguando a medida que extraía las llaves del bolsillo. Y al introducirla regresó.

No encajaba bien. Introduje la llave pero no giraba. En aquel instante, de todos los pensamientos que pude haber tenido, el que tomó forma en mi cabeza fue un animal. Pensé que «no giraba» y me vino la imagen de una jirafa tratando de retorcer el cuello. Así de idiota soy. Creo que si hubiera sido un personaje de Saramago mi cerebro hubiera empezado a funcionar a modo de alarma. Con precisión de reloj me habría indicado que era mediodía y que alguien intentando abrir una cerradura ajena llamaría la atención, que debía recapacitar sobre lo ocurrido pero lejos de allí. En cambio, solo imaginé que la llave era una suerte de jirafa, o incluso una serpiente, que se contorneaba impotente en una minúscula prisión metálica; como me sentía yo mismo en algunas ocasiones. Seguramente no llegué a aquella conclusión en aquel momento, pero ahora lo pienso. Cuando reaccioné, la llave estaba encallada, no salía de la cerradura.

La puerta se abrió desde dentro.

A la figura grande que apareció ante mí se le borró la sonrisa en el segundo en que tardó en comprobar que no era quien esperaba. Mientras se mantenía tensa masculló algo entre dientes. Dije mi nombre, añadiendo que vivía allí. Me preguntó en un arrebato que si era imbécil. Contesté que no y relaté la dirección completa. No me equivocaba, aquel piso coincidía con el lugar que yo guardaba en mi mente. Espetó que si se trataba de una broma era de mal gusto, aseverando que nadie con mi nombre había vivido allí nunca. Cerró la puerta con tal fuerza que las llaves cayeron en un tintineo opresivo que me provocó un mareo. Recuerdo que bajé a la calle a trompicones, ni tan siquiera las recogí.

No podía entenderlo, pero todo parecía indicar que yo no existía. ¿Qué era yo en aquel mundo si no una dirección y un nombre? ¿Dónde residía mi propia identidad? Podía buscar a mi familia, mis amigos, pero con quien yo creía vivir tampoco existía, como mínimo no en el lugar que correspondía. ¿Me había equivocado? Era una información demasiado completa y compleja para haber errado en todo. Sin pensar saqué el DNI de mi cartera. No, no pude, no llevaba cartera. Mi mochila había desaparecido. No quedaba nada en mis bolsillos. A mi alrededor la gente paseaba y hablaba. ¿Dónde estaba yo?

Impotencia

En el papel estaban las mismas palabras de siempre. Las miraba con rabia, conminándoles a que cambiaran su naturaleza. Yo sabía que aquello era imposible, pero me sentía tan furioso que no era capaz de pensar en otra cosa. Me notaba a mi mismo atado, encadenado a una idea que no me dejaba respirar ni actuar; la presión de los fuertes nudos en torno a mis muñecas, alrededor de mis pensamientos, buscando forma propia, exteriorizándose, en las palabras que brotaban de mí. Siempre eran las mismas letras las que se juntaban, perfectamente alineadas; como manifestando algún tipo de voluntad propia. Aunque los trazos se separaran o se arremolinaran, en la fila siempre eran inteligibles las mismas palabras; siempre rectas en algún sentido. En ocasiones creía ver cómo parpadeaban o mudaban la forma ante mis ojos, como si se tratara de la llama de una diminuta vela en medio de una débil corriente de aire, pero cuando mi vista se aclaraba todo continuaba igual. Una pequeña esperanza que se quebraba con la facilidad de una copa de cristal al caer al suelo. Esclavo de los pensamientos. Como siempre; las cadenas limitándome. Nunca nada cambiaba.

Una ciudad remota

Los fríos y duros edificios parecían rocas pulidas que alguien se hubiera dedicado a poner en perfecto y estricto orden. Colocados sobre una alfombra de cemento, se alineaban formando figuras geométricas regulares y con un acabado exacto. Los arboles artificiales que apenas llegaban a un piso de altura se resignaban a admirar desde abajo la vastedad de los colosos de hormigón.

La noche se esforzaba en extender su manto negro sobre la ciudad. Aun si lo hubiera intentado con todas sus fuerzas jamás lo habría conseguido. En el preciso momento en que algún recodo quedaba a oscuras en la ciudad, una farola se iluminaba, llenando el rincón de una luz tan artificial como intensa. La noche era incapaz de competir con aquella eficiencia y poder.

A aquella hora estaba programada la cena. Había un rango de tiempo en el que había que acudir a los lugares habilitados para recibir alimento que debía ser cumplido. Los niños dejaban atrás los videojuegos para la breve visita a la cocina. Los empleados de oficina se reunían en el salón. Los trabajadores de cada zona tenían asignado un puesto determinado. Pero eso era indiferente, porque allá donde estuvieran, la comida iba a ser igual. Todo allí era siempre igual.

Un redactor anciano echó a un lado su portátil. Era un armatoste pero él seguía sintiéndose cómodo con aquellas piezas de plástico que no se incorporaban a nada de lo que llevara puesto o a su propia piel. Salió corriendo del estudio y bajó a toda prisa por la mugrienta escalera de incendios mientras sus compañeros se agolpaban en la puerta del ascensor o descendían lentamente llevados por las escaleras mecánicas.

Cuando llegó al salón comedor, sin saber el porqué, reparó en la escena. Sus pupilas se dilataron y recogieron con precisión la imagen que recibieron. Nadie se dio cuenta de que estaba parado porque no estorbaba el paso, sino alguien le hubiera reprendido por ello. Con sus ojos bordeados de profundos surcos, bajo las pobladas cejas moteadas de canas, comprobó la escena y se quedó paralizado, sobrecogido por la misma.

Una muchedumbre abúlica caminaba en una sombría procesión. Avanzaban junto a una barra, por encima de la cual unas máquinas se ocupaban de proporcionarles el alimento necesario directamente a su cuerpo. Aquella era la imagen que se repetía en toda la ciudad a la misma hora.

Al hombre le temblaba el párpado. Creía recordar vagamente, desde su infancia, el sabor de algún plato que otrora fue su preferido. Sin embargo, se dio cuenta de que era incapaz de evocar en su pensamiento cualquier gusto. Su lengua había quedado tan lisa como las paredes de los muros que contenían su vida.

Esperas

Era como estar sentado en un banco, esperando.

El resto del escenario puedes ponerlo tú, no va a cambiar el sentido. Es una espera.

Imagina que es una estación del metro de tu ciudad, atestada de gente y que huele mal. Gente que mira el móvil para ver la hora. Gente que lee en su ebook, en su tableta o quizá un libro analógico. Gente que habla sola por el manos libres. Gente que habla sola. Gente que habla a las papeleras. Gente que corre estresada. Y más gente como tú: sentada. Esperando.

En una parada de autobús. Consultando el horario del próximo en el smartphone. Los vecinos comentando el precio del detergente, comparando supermercados. Niños con la mochila cargada a cuestas, ansiosos por empezar el colegio y descubrir a sus nuevos compañeros o por reencontrarse después del verano con los antiguos. Una chica que mira disimuladamente a otra. Una chica que intenta descubrir si otra la está mirando. Todos como tú. Esperando.

Quizá el banco está en un parque. Esta vez los niños no paran quietos, corren de un lado a otro probando por enésima vez los mecanismos de la zona de juegos. Madres y padres que vigilan distendidamente cómo juegan sus hijos mientras comentan distraídamente cualquier tema con sus compañeros de asiento. Pensando en mil y una cosas, y en que sus hijos no traspasen la barrera imaginaria de la zona que han establecido en sus mentes para ellos. Pensando en cuándo estarán cansados o satisfechos del esparcimiento. También. Esperando.

Tal vez el banco esté en un rincón más apartado de la ciudad. Un chico nervioso no para de levantarse y sentarse. Pensando en si finalmente acudirá o no. ¿Insiste más por el teléfono? No, ya ha sido suficiente, pensará que es un pesado. No. No, en realidad no ha sido tanto, mejor envía un último mensaje de confirmación. ¿O llama? ¿Se retrasará mucho? ¿Sí, no? Si no viene que diga algo por favor... Así. Esperando.

Pero también puede haber un banco en medio de la nada. Allí donde más te guste estar. Donde no haya nadie que te moleste. Un día soleado de verano junto a un lago o el mar, las nubes pasan veloces y te parece que están junto a ti al reflejarse en la límpida superficie. Un paisaje azulado y blanco, lleno de pureza. Sonríes plácidamente.

Una selva tupida, húmeda, recargada. Entre los árboles, junto al río, ahí está tu banco. Tucanes, serpientes u otros animales pueden arremolinarse a tu alrededor, pero es tu lugar, estás en comunión con ellos. Ellos siguen con atención tu mirada, preguntándose qué haces ahí. Les contestas con una sonrisa paciente.

Tal vez esté en medio de una ciénaga. Sus patas están medio sumergidas en el lodo, pero las alimañas no se atreven a treparlas. Una neblina negruzca y grisácea te envuelve. Un cuervo anuncia su llegada con un potente graznido y se posa a tu lado. Tú le miras sonriente.

En cualquiera de esos lugares. Allí está tu asiento. Tu espera.

Allí estás tú. Esperando.

Despertares

Me desperté con el pie izquierdo. Literalmente. Eso me dejó consternado un buen rato. Casi siempre me deslizo de la cama con tranquilidad; como duermo en la mitad derecha de la misma, lo más natural es que el pie de ese lado sea el que toque primero las baldosas del suelo. Sin embargo, aquel día el pie izquierdo se interpuso.

Más tarde, cuando salí a la calle, me sucedió lo mismo. Bajé el escalón de la portería con el pie izquierdo. Y en seguida me di cuenta de que caminaba raro. Recorría las calles y avenidas de siempre, mi paseo habitual para alcanzar el metro, pero aquellos andares no eran los míos. El movimiento de mis piernas no se correspondía con mi voluntad. Más que una diferencia en el arco o la apertura era el desdén con el que oscilaban lo que no se adecuaba a mí. Siempre me he desenvuelto con un porte rígido, incluso cuando era joven, así que no entendía qué demonios estaba ocurriendo. Mis piernas describían mi avance con una dejadez impertinente, como si quisieran demostrar al mundo que eran las mejores en su trabajo. Traté de arreglarlo, pero las órdenes de mi cerebro no llegaban a los músculos o estos no querían hacer caso. Los brazos empezaron a tomar posturas en consonancia con las extremidades inferiores; yo nunca caminaba con las manos dentro de los bolsillos. En un determinado momento los dedos de la mano izquierda deshicieron el nudo de la corbata y desabrocharon un par de botones de la camisa. Yo no pude hacer nada para evitarlo.

La situación se repitió durante varios días, y yo iba sintiéndome peor progresivamente. Al cabo de un tiempo opté por la solución más práctica. ¿Qué otra cosa podía hacer? Dejé mi trabajo, vacié el armario y lo llené con un renovado vestuario. Conseguí un trabajo peor pagado pero que se adecuaba mucho mejor a mi nueva expresión corporal. Al final también cambié de piso y debido a la distancia me fue imposible seguir viendo a mis antiguos amigos.

Hoy me he despertado con el pie derecho y me he dado cuenta de que me cepillaba los dientes de una manera extraña. Sin embargo, después de llegar a casa de noche, cansado, y realizar de nuevo la tarea no le he dado mayor importancia.

Borrar

El otro día, borré sin querer la carpeta en la que guardo los escritos en mi portátil. No acabo de entender cómo ocurrió, estaba ordenando la biblioteca de un programa que busca imágenes y borré la carpeta. Pero lo más increíble sucedió al ir a la papelera de reciclaje para intentar recuperarlos: de alguna manera, la había vaciado yo mismo.

Sentí un torrente de pánico bullir dentro de mí, aunque solo durante un isntante. Acto seguido debí pasar un par de horas descargando y probando programas freeware de internet (vigilando ocupar espacio en un pendrive solo, para no modificar el HD). Al final no conseguí recuperar nada. Era muy tarde, me fui a dormir.

Recuerdo que soñé, llevaba una temporada sin soñar mucho, así que me sorprendió; no recuerdo los detalles, pero sé que había algunos retazos de mis sueños recurrentes. Desde entonces, casi todas las noches me invade alguna imagen o sensación mientras duermo. Se me hizo muy extraño recuperar así los sueños y de algún modo, al mismo tiempo, me parecía lo más natural del mundo.

Me sentía calmado al día siguiente. Sabía que los relatos largos y los más importantes estaban a salvo en varios lugares distintos; otras muchas cosas están colgadas en el blog o pendientes de publicarse, en internet.

Aun así, sabía que había multitud de documentos que se habían perdido. Partes de un yo pasado que había expulsado de mí se habían marchado en un instante, sin darme cuenta... Como si me hubieran amputado las palabras que había escrito allí. Ni siquiera recordaba exactamente lo que podía haber perdido, pero de una manera u otra, era como si estuviera borrando una parte de mí.

No pensé que estuviera tan mal, tampoco. Al fin y al cabo, forma parte del pasado. Son cosas que pasaron por mi cabeza y se marcharon.

No obstante, conseguí recuperar la carpeta, tenía una copia de seguridad bastante reciente en el HD externo. Miré un archivo tras otro, releyendo todas aquellas partículas de mí mismo que creía haber perdido. Sabiendo qué es lo que podría haber perdido, ahora me sabe aún peor que antes.

No sé, solo son palabras. Cualquiera las puede usar, están ahí para todos, para cualquiera que desee hablar. ¿Cómo podemos sentir tanto apego hacia algunas? ¿Cómo conseguimos relajarnos al oír unos determinados sonidos? ¿Cómo podemos vivir solo para pronunciar o escuchar una frase? ¿Cómo una simple expresión puede significar tanto para alguien? ¿Cómo leer un par de palabras puede significar tanto?

De nuevo allí

De nuevo allí, abandonado a mí mismo. La misma oscuridad, las mismas paredes, el mismo aire viciado. Nadie me ha preguntado, pero parece que eso es lo que me pertoca, sin voluntad que valga. Da igual lo que haya sucedido antes, desde lo más insulso y aburrido hasta lo más interesante y estimulante. Todo eso no importa una mierda. Otra vez el mismo escenario; y con él, como en cualquier obra de teatro, viene parte del ánimo y el sentimiento. Demasiada parte. A veces me horroriza no poder distanciarme de ese ambiente, de esas sensaciones, porque me contienen y me manipulan. Me hacen virar en ciertas direcciones y al final pienso en que soy yo el que está encaminando todo a un horrible e inevitable lugar. O más bien un momento. Una X marcada en grande en un punto exacto en la gráfica formada por los ejes tiempo y espacio. En un preciso pero incierto punto. Algo. ¿De verdad hay algo concreto? ¿Pasará algo en algún momento? Algo. Algo. Inflexión, giro, desvío,... ¿Existe algo así? ¿De verdad todo lo que espero, todo lo que no es, puede ser diferente? Yo no lo he pedido. Al menos espero no haberlo hecho jamás; no soy consciente de ello. Pero ahí está, intangible mecanismo que lo hace funcionar, que lo ordena todo y lo legitima. Así es. Así te lo encuentras y por tanto así es, no hay más. No puede ser de otra manera. Ahí están los hilos. Estúpidos si no los vemos, ilusos si nos creemos capaces de cortarlos. Si no los hay nos estamos quejando sin sentido. Si los hay nunca hemos conseguido verlos... ¿de verdad? Bueno, de la manera en que vemos las cosas. ¿Cómo entonces alcanzar a cortarlos? El peso, como un estigma de la realidad, sigue ahí. Una extraña losa que me ancla. Parece indicar algo, pero sigue reteniéndome. Esperanza de avanzar y frustración de retroceder; un movimiento que no lleva a ningún lado. El horror de creer algo mejor inalcanzable. O el de sentirlo peor al acercarse. Vergüenza de no conseguirlo. ¿Es eso exactamente? Algo de eso hay, pero no es exacto. Algo. Vaya palabra. Puede ser tanto y tan poco al mismo tiempo.

Torre de arena

Érase una vez, en una región tan lejana que no pertenecía a ningún país del mundo, había una aldea. Cerca de allí vivía un hombre llamado Nil en una pequeña torre hecha de arena. Corrían rumores por la aldea de que el hombre era un mago malvado. Se explicaban historias a los niños acerca de su oscura chaqueta de cuero y su pelo desordenado, además de su palidez. Los chiquillos jugaban alrededor de la torre, tentando a la suerte, hasta que caía la noche y huían despavoridos al oír extraños aullidos y otros ruidos procedentes del interior. Empezó a haber niños que con solo oír su nombre temblaban de miedo. Por el material de la torre, empezaron a llamarle «el hombre de arena», para no tener que pronunciar su nombre real.

Pero en realidad no sabían que las historias las iniciaba él mismo. Todo para que aquellos buenos chicos se prepararan para un buen descanso cuando ya fuera oscuro. Era entonces cuando Nil ascendía a la parte más alta de su torre y ponía en funcionamiento un conjuro para llenar de sueños y pesadillas vívidas sus diminutas cabecitas.

Ventana

La monótona voz del profesor me lleva a un estado de letargo. Sigue resonando en mi cabeza como una letanía, pero no la comprendo. Solo es un tono que invade mi cerebro y, de alguna manera, guía mis pensamientos; como un conductor indiferente a la propia carretera, dedicado a contemplar el paisaje que le rodea. Es extraño, las figuras e imágenes en mi mente resiguen esas palabras que no acierto a entender.

La mirada se desvía inconscientemente hacia la ventana. A través de ella, en el cielo, hay una figura. No, está sobre un tejado cercano y es muy pequeña. No, vuela en lontananza y tiene pinta de ser enorme. ¿Qué describe su silueta recortada en el cielo azul? ¿Es algún tipo de criatura? ¿Es solo una nube que percibo demasiado oscura? ¿Es un gato en el tejado?

¿Es una persona?

En cualquier caso, no me ve y no lo soporto. La curiosidad por saber qué es me carcome.

Una inesperada inflexión tonal en la voz del profesor me devuelve a la realidad. Afortunadamente no tiene que ver conmigo. Entonces me percato de que las persianas están echadas.

Distracciones

Me hallaba en una casa que no conocía. A decir verdad no sé por qué estaba seguro de que era una vivienda. El mobiliario, las paredes, la alfombra,... Todo era desconocido para mí.

Al final del pasillo había una puerta; estaba cerrada, por supuesto, aunque no llegué a probarla. Era una lámina de madera de aspecto grueso surcada por unas delgadas líneas que dibujaban un triángulo superpuesto a un cuadrado. Las preguntas afloraron en menos de un segundo en mi mente y la gobernaron sin piedad.

Ahora ya no me planteaba qué hacía allí; por qué estaba allí; cómo había llegado allí; o dónde estaba aquel lugar.

Solo me interesaba la puerta.

Sueños

Me desperté tranquilo, como cualquier otro día, con el sonido del despertador. Detuve el pitido con las yemas de los dedos. Me levanté de la cama, demasiado grande para cualquier persona que no buscara voluntariamente la soledad. Débiles rendijas de luz se filtraban por los pequeños orificios inferiores de la persiana; por mí como si hubiera estado completamente levantada, la luz no me molestaba para dormir.

No sé por qué, me detuve a examinar el mobiliario, sopesando si todo estaba en su sitio. Era así, claro. Cogí una toalla del armario y me fui a la ducha. Practiqué mis abluciones cotidianas con total normalidad; la misma con la que después preparé el café y las tostadas. No quedaba mermelada de frutos del bosque así que traté de memorizarlo para que aquella tarde el pensamiento irrumpiera en mi cabeza a la vuelta del trabajo. Las noticias de la radio fueron también del todo cotidianas. Nada parecía que aquel día fuera a ser diferente del resto: no sabía que una presencia angustiosa iba a ocupar mis pensamientos.

Como casi cada día, el ascensor estaba en mi piso, apenas cinco escasos minutos antes llegaba mi vecino de enfrente desde que tenía turno de noche. Los días que salía antes de casa por cualquier motivo, me lo encontraba en la calle y tenía una de esas conversaciones inútiles e insulsas a las que parece que los humanos estamos abocados desde que vivimos en sociedad. Como si tener una conversación vacía, por el simple hecho de no estar callado, fuera a expulsar algún tipo de oscuro o impío poder del silencio. Quizá si fuéramos a tomar un café o una cerveza podría conversar de algo interesante con él, pero nunca se había dado la situación; y hablar del tiempo con el cielo abierto sobre nuestras cabezas era algo más bien poco interesante. Sin embargo, aquel día, como ya he dicho, no me lo encontré por la calle y no se dio la escena. Así que mantuve la conversación sobre el tiempo a solas; el cielo estaba despejado y no corría ni una ligera brisa, lo que me indicaba que no iba a necesitar la chaqueta que colgaba de mi brazo.

Llegué a la librería con el tiempo suficiente para abrir y sentarme en el vulgar y basto taburete que tenía detrás del mostrador para los ratos de descanso. Exactamente a las diez en punto se abrió la puerta de madera vieja y vidrio sucio con un pesado ruido y entró el primer cliente del día. Era una chica joven, debía ser universitaria porque practicaba esa manía de llevar la carpeta en brazos en vez de en la mochila, que por cierto se apreciaba a simple vista que estaba medio vacía. No estaba seguro de ello porque la carpeta no lucía el logo de ninguna universidad sino que era de un granate liso y profundo. No saludó al entrar como la mayoría de las nuevas generaciones y se dirigió al fondo del establecimiento con decisión. Parecía conocer la tienda, pero yo no la recordaba. Ojeó estanterías durante un cuarto de hora y luego se acercó con firmeza al mostrador y me tendió un tomo fino mientras buscaba su cartera en un bolsillo de la mochila. Miré la última página junto a la solapa interior para descubrir el precio marcado y se lo indiqué con una voz neutra; ella ya tenía las monedas en la mano, las recogí cuando las dejó caer y le pregunté si quería una bolsa; hizo un gesto negativo con la cabeza mientras cerraba la mochila y cogía el libro; cuando le di las gracias simplemente sonrió y se fue. Había sucedido todo tan rápido pero a la vez de una manera tan limpia y natural que ni me di cuenta de que no había abierto la boca. También me percaté de que ni me había fijado en el libro que compraba. Intenté recordar la visión fugaz que había tenido de la portada y recordé que tenía un número pero no estaba seguro de si eran dos o tres barras. Entonces me vino una palabra a la mente: sueños. Algo me decía, con total seguridad, que la palabra ocupaba un puesto importante en el título del volumen que acababa de vender.

Son curiosas las palabras. Para mí, cuando las letras que formaban esta en concreto se juntaron en mi cabeza, no me indicaron el sentido básico que acostumbra a señalar: las percepciones que tenemos mientras estamos dormidos o las esperanzas que tenemos puestas en nuestro futuro. No, fue mucho más profundo que eso.

Una serie de contornos difuminados se presentaron en mi mente. Figuras, siluetas y sombras de situaciones y personas corretearon fugazmente por sus rincones, surgidas de algún lugar inconcreto de mi memoria. Se formaban y desdibujaban con la misma facilidad que un niño destruye el castillo de arena que otro ha construido con tesón y esfuerzo. Aun así mantenía la consistencia de una débil llama: siempre retornaba una imagen. Había una forma que no sucumbía a los derrumbes, incluso parecía nutrirse de ellos para cobrar más fuerza y definirse más. Cuando la reconocí supe lo que todo aquello significaba. Lo había soñado aquella misma noche, un sueño de una intensidad brutal, que no había conseguido sobrevivir al despertar y que ahora resurgía. Volví a sentir la misma intensidad que cuando lo estaba viviendo la noche anterior. El dolor se sentía igual que si me estuviera pasando en la realidad... ¿En qué se diferenciaba entonces una de otra? Esa duda se unió a otra más profunda, que me atormentó a lo largo del día. de hecho, aún lo recuerdo cuando tengo otro sueño igual de vívido: ¿Había conseguido alguna vez el azar, o las invisibles fuerzas que lo mueven y de momento no podemos explicar, provocar visiones similares a las diferentes personas que las poblaban?

Aquello siempre me hacía vivir esos días con una tensión de lo más estúpida; como si en este mundo todavía se permitiera vivir de los sueños.

Tele encendida

La tele estaba encendida en un canal muerto. El ruido reinaba no únicamente en la sala, sino en todo el piso. Yo no estaba en el comedor, donde se encontraba la televisión, yacía en mi cama, en una habitación algo alejada. No había colocado las sábanas así que notaba el tacto frío del gastado colchón.

No recordaba el tiempo que llevaba allí pero intuía que debía ser mucho. La tarde pasaba y nada ocurría. El tiempo avanzaba sin que para mí lo pareciese debido a la ausencia de sucesos. Sin embargo, la impresión dentro de mí de que debía esperar algo no se desvaneció. Se pegaba a mi piel como un mejillón a una roca.

¿Por qué iba a pasar algo?

Ya nadie iba a llamar por sorpresa, ya nadie iba a venir sin haber sido invitado. Ya nadie me iba a despertar.

No necesito internet

Ahora no necesito internet para pasar apuntes.

Pero quiero saber las notas y no quiero apagar el wifi para poder ir entrando compulsivamente en el campus virtual. Es inútil porque sé que seguramente hasta la semana que viene no las colgarán. Pero no puedo evitar actualizar la web cada 5 minutos. De paso puedo mirar el correo, o si hay alguna noticia nueva en otra de tantas webs que tengo en la barra de direcciones. O ir a la nevera a ver si ha variado su contenido de manera espontánea. Sentarme. Pasar la canción del «winamp». Podría poner algún tema nuevo en la lista de reproducción... ¿cuál? Buscar entre las carpetas. Actualizar el campus virtual. Dejar vagar la mirada por las estanterías, el techo, la ventana. Elegir una canción. Ponerla, escucharla. Abrir el documento de Word. Tocar los apuntes. Ir a por una botella de agua. Recordar que podría tomar un café para estar más despierto, prepararlo. Volver a coger los apuntes y mirar el documento de Word; escribir una frase. Mirar de nuevo el mail. Podría comer una galleta con el café. Poner una canción distinta. Abrir el libro que estoy estudiando. Subrayar una línea.

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