La cafetera vol. 1

I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX

I

El día amaneció y me encontró despierto. Tenía fiesta, así que no me preocupé de levantarme pronto, pero no podía dormir más. Después del arduo viaje al lavabo con el fin de evacuar una vejiga llena, había levantado la persiana. Aparte de ese breve instante permanecí en la cama, arrullado entre los pliegues del nórdico. Me resultaba agradable la claridad gris que entraba por la ventana y nunca he tenido problemas para dormir con ningún tipo de intensidad lumínica; aquel no era el motivo por el que no pude conciliar el sueño.

Saqué un pie por debajo de la funda nórdica y una leve sensación de frío recorrió mis dedos hasta que los escondí de nuevo. El calor no me reconfortó como otras veces.

Después de muchas vueltas y estiramientos, siempre tratando de huir de reflexiones profundas en lo que tardan en transcurrir varias horas, me encaminé a la cocina. Preparé un café mientras me planteaba comprar una cafetera de cápsulas. Resolví acercarme a alguna tienda de electrodomésticos ya que tenía el día libre. No era la mejor manera de pasarlo, pero la verdad es que no me había propuesto previamente ninguna manera en concreto. Era el día que me correspondía por haber trabajado un festivo y quería recuperarlo antes de acabar el año; pero no había ninguna razón especial para haber escogido ese lunes.

Cuando me senté a la mesa con la taza de café y el cuenco de cereales (con una pizca de leche) al lado, me percaté de que no había cogido la cuchara. Me puse en pie malhumorado y con el movimiento vacié la taza sobre el mantel; no tuve reflejos suficientes para detener el vertido y además estuve un rato con la taza vacía entre los dedos contemplando cómo se extendía el líquido por la superfície. Cuando este llegó al extremo de la mesa sí lo detuve, enrollando los filos del mantel. Aparté el cuenco y plegué sobre sí misma la tela formando una bola. Decidí tirarlo a la basura, ya había vivido suficientes años y así tendría otra cosa que hacer aquel día.

Me tomé de un sorbo la miseria de líquido negro que había quedado en la cafetera y comí los cereales algo distraido. En un viso de realidad percibí que el gris del día se había hecho más oscuro. No tenía ni remotas ganas de salir si llovía, nunca me hacía gracia salir los días de lluvia si no era para llevar a cabo alguna obligación; era mucho mejor ver caer el agua desde la comodidad del sofá.

Determiné salir cuanto antes pues se me había antojado investigar sobre las dichosas cafeteras. Me aseé rápidamente y me puse unos tejanos que descansaban alegremente en el respaldo de una silla, la primera camisa que agarré del armario y el abrigo largo que colgaba de la percha del recibidor.

Salí tan a prisa que no cogí el paraguas. Tampoco me di cuenta, cuando pasé junto al cubo de basura, de que con el mantel estaba tirando un pedazo de mi propia vida.

II

Las risas de los niños y niñas me sorprendieron al salir del metro. Las voces huían de un colegio cercano mientras sus dueños jugaban a cualquier cosa que se les ocurriera.

Me enviaron directamente a aquellas mañanas remotas cuando era un niño y estaba enfermo. A los caminos de ida y vuelta al ambulatorio junto a mi madre; al tacto de su mano al protegerme para cruzar la calle. Oía el escándalo que formaban mis amigos a la hora del recreo y me sentía tan ajeno a ello... La alegría de faltar a las tediosas clases se transformaba en una especie de decepción. No lograba entender que el mundo siguiera su curso natural cuando yo no estaba allí. Creo que lo que me parecía más extraño era percibir desde fuera algo que era habitual que viviera desde dentro; es decir, mi voz, cualquier otro día, podía ser alguno de aquellos gritos. Aquel que yo oía celebrar un gol podría haber sido yo mismo en cualquier otra ocasión. Pero estar al otro lado de las rejas me hacía sentir una incómoda lejanía; como un mensaje grabado en una losa que sentenciara que yo no pertenecía a aquel mundo, que me lo habían arrebatado de repente. Después almorzaba en casa, estirado en el sofá, y la alegría retornaba. Pensaba: “ahora estarán resolviendo problemas en matemáticas” con una sonrisa.

Pasé de largo y caminé diez minutos hasta que llegué al centro comercial. Lo había elegido porque albergaba una empresa grande de electrodomésticos y después podía pasar por el supermercado para resolver el tema del mantel. De súbito, me asaltó la primera de varias imágenes que me iban a incomodar aquel día: me vi tirando la bolsa de basura aquella misma mañana, sentí el impacto del material contra el resto de pobladores del cubículo. La inquietud que me produjo me pareció absurda así que sacudí la cabeza y me concentré en el mapa mental del lugar hasta que ubiqué la tienda.

Me pareció oír una sonrisa. Supuse que había reflejado todos mis pensamientos (congoja, confusión y determinación, de manera sucesiva) en el rostro y entonces sentí vergüenza. También sentía curiosidad, pero miré al suelo y me puse en camino.

Descubrí con asombro que había una cantidad ingente de marcas tanto de las cápsulas en sí, lo que implicaba distintos tipos de café, como de las máquinas. Por si fuera poco, de cada cafetera tenía a mi disposición un abanico abrumador de modelos con características desconocidas e incomprensibles y nombres impronunciables. En el pasillo tan solo había un par de familias discutiendo y el tema que les preocupaba principalmente era el precio, así que no los tomé por unos entendidos. Me daba una pereza tremenda pedir consejo al encargado, pues no me apetecía toparme con uno de esos masajistas que te venderían a su madre si coincidiese con lo que pides, así que me autoformé tan bien como pude.

Al final, después de comparaciones más o menos exhaustivas, solo me pareció pertinente decidir entre tamaño, capacidad del depósito y posibilidad de elegir la cantidad justa de café que quisiera. Pero tenía que decidir antes qué marca de cápsulas quería. Había pospuesto el tema porque sentía una indecisión profunda al respecto. Sin embargo, me encaminé a la sección con fingida determinación.

Entonces sucedió algo demasiado deprisa. Cuando extraje la mano del bolsillo del abrigo para alcanzar uno de los paquetes altos noté que había levantado el móvil con la muñeca y que ahora éste caía en ominosa libertad. En el momento en que me giré, presencié como unos zapatos de suave tacón se acercaban a él...

III

Creo que simplemente abrí los ojos de forma exagerada, quizá con un efecto similar al de los dibujos animados, y estiré el brazo en dirección al teléfono; no llegué a pronunciar ningún sonido con mi boca entreabierta en un rictus de miedo. Sin embargo, el tacón se paró. Se detuvo a escasos centímetros del móvil. Aún sentía el vuelco del corazón y el cuerpo helado en aquella postura cuando la mujer sonrió, se agachó y tomó el teléfono en su mano.

Es curioso que recuerde que sus movimientos desprendían una elegancia natural, así como el brillo intenso de sus uñas y el color de sus zapatos. Porque mi mente no absorbió bien la información o la he olvidado, pero no recuerdo ninguna característica más de aquella persona. Me es completamente imposible asignar un rostro, un cuerpo o un cabello a esas pequeñas piezas que sí retengo. Intuyo en mi memoria unos labios marcados, pero la poca claridad de esos trazos me hace pensar que es invención mía. Lo que sí recuerdo con absoluta certeza son los reflejos de un verde intenso que exhalaban sus dedos, y el contraste de un color similar en mate de sus zapatos.

Cogí el móvil de su mano y la mujer sonrió otra vez. No sé cuánto tiempo había tardado en hacerlo, pero en el momento en que recuperé aquella mancha negra de entre sus dedos refulgentes, se marchó con pasos lentos y decididos.

No es que yo no tuviera tiempo de reaccionar, es que tampoco quería hacer o decir nada en concreto. Creo que ni siquiera le dije “gracias”. En ocasiones mi cerebro da la orden y mi aparato fonador solo responde a medias, falla en algún punto. Por ejemplo, articulo labios y lengua en las posiciones indicadas para realizar la palabra que quiero, pero no expulso aire. Obviamente esto puede dar lugar a malentendidos, pero me da lo mismo. Lo raro es que, por lo general, solo me sucede con convenciones y formalismos. De todos modos, aquel día creo que no se llegó a producir ni la orden cerebral.

No, mi cabeza estaba ocupada. Aquel evento casual, aleatorio por completo y sin ningún sentido por sí mismo, me parecía algo inmenso, trascendente. Como una especie de presentimiento idiota. De verdad me sentía imbécil, pero a la vez preocupado por el posible significado de aquella sensación.

Me fui directo a uno de aquellos odiosos tenderos y le pregunté por una cafetera. Mi malestar se fue disipando a medida que una sarta de obviedades, falsedades y características exageradas surgían embadurnadas con azúcar de la diminuta boca de aquella criatura. No tenía que pensar mucho, pero sí concentrarme en que no me fuese a colar un producto demasiado caro, así que ocupé algo la cabeza. Diversas objeciones y vagas ideas bastaron para poner al hombrecillo en su sitio. A los quince minutos ya pasaba mi tarjeta de crédito por el lector del cajero.

Sentí otro mini infarto al disponerme a introducir el código: no lo recordaba. Reflexioné un instante, tratando de mantener la calma, y me vino a la cabeza. Lo introduje y comprobé que no me equivocaba. Es lo bueno de haber escogido un número con lógica... entonces fue como si me clavaran un puñal en el pecho. Salía de la tienda con una gran bolsa en la mano izquierda e instintivamente me llevé la derecha al corazón. Maldita lógica.

IV

Mis ojos vagaban trémulos buscando un asiento. Sin percatarme, debí localizar un banco y me acerqué a tientas. Abrí los ojos aún presa de un resuello que parecía incontrolable. Lo peor, más que el recuerdo en sí, era ser consciente de que mi pensamiento, o más bien mi mente, se desbocaba de aquella manera. ¿Por qué me seguía afectando de aquel modo después de tanto tiempo? Ahora me resulta evidente que el dolor no se va con el tiempo, las heridas se cierran y se pueden cuidar, pero no desaparecen, se aprende a vivir con ellas. Pero entonces aún mantenía aquellas bonitas ideas ingenuas.

Respiré hondo varias veces hasta que me serené un poco. Los puños que reposaban en mis rodillas se relajaron y poco a poco el mundo real se iba dibujando a mi alrededor. Los colores se intensificaron, los contornos tomaron la precisión necesaria, los objetos reconquistaron el lugar que les correspondía, mientras las luces se contraían en su espacio natural. Finalmente, los sonidos volvieron a llegar a mis odios.

—¿Estás bien, joven?

La voz de una anciana fue lo primero que escuché. Me giré y vi que me miraba asustada. Sus acuosos y claros ojos brillaban con intensidad, abiertos en un rictus de preocupación, que se encargaban de reafirmar las arrugas colindantes. Los surcos dotaban su rostro de una expresividad insólita, y por un momento quedé conmovido. Sin saber qué hacer ante tal muestra de buena voluntad.

—No se preocupe —dije al fin—. Ha sido un pequeño ataque de ansiedad. Ya sabe, demasiadas cosas en la cabeza...

—¡Ay, joven! —exclamó invadiendo el silencio que yo había dejado en el aire y respondiendo a mi débil sonrisa con una mucho más amplia y sincera—. Cuando yo tenía tu edad no tenía tiempo ni de pensar... ¡El esfuerzo físico te libera la mente! Por aquel entonces no hablábamos de estrés ni nada parecido, como mucho la gente se cansaba al final del día... pero eso siempre se ha arreglado con una siesta o durmiendo por la noche —rio.

No pude hacer menos que reír con ella. Su voz, quebrada pero dulce, había penetrado con fuerza en mí, y me hizo sentir mejor. Era como si sus palabras tuvieran enganchados unos apósitos de buena voluntad que me impregnaban de algún relajante.

—Cada cosa tiene su propio peso, hay que saber calcularlo, y nunca creer que algo es más o menos grande de lo que es —susurró mientras se levantaba—. Aunque al final... –su voz se hizo apenas audible mientras se marchaba— sólo hay que aprender a relativizar.

La anciana se fue y yo me desinflé en el duro respaldo del banco. Sus palabras me habían aliviado, me habían hecho sentir ligero... Pero a la vez notaba algo demasiado grave en todo aquello. Sentía como si el mundo estuviera ejerciendo una presión inusual sobre mí. Por los grandes ventanales del centro comercial se colaba la grisácea claridad del día. En aquel momento me parecía aún más oscura.

Me di cuenta que la mujer se había dejado una pequeña bolsa en el banco. Me giré para llamarla, pero no había nadie a la vista. Era lunes por la mañana, y al entrar ya me había fijado en que no había mucha gente, pero aquella visión me pareció excesiva. Miré a ambos lados del corredor en el que me hallaba y no vi a nade paseando. Antes de preocuparme innecesariamente comprobé con la mirada el interior de alguna tienda. Los dependientes estaban allí, y algún cliente también. Es decir, no había desaparecido todo el mundo. Simplemente había coincidido un instante en que no quedaba nadie fuera de los establecimientos. ¿Por qué se me ocurrían ideas tan raras aquel día?

Cogí la bolsita, en su interior había una libreta.

V

No me malinterpretéis; no suelo ir mirando pertenencias ajenas, y menos de ancianas amables, pero resultaba inevitable comprobar el bulto de la bolsa. Además, ya he dicho que mi primera reacción fue buscar a la mujer. Da igual, tampoco pretendo justificarme ahora, ni creo que lo deba hacer en realidad. Como decía, en el interior de la bolsa había una libreta. Cuando la extraje —fue un acto reflejo— sentí un enorme peso en la mano, como si estuviera sacando una piedra enorme del agua de un estanque. Sentí como si la bolsa de plástico fuera una especie de custodio, que en efecto ejercía una presión muy similar a la del agua.

Para lo pequeño que era el cuaderno, pesaba demasiado. No llegaba a ocupar toda la palma de mi mano. Las tapas, duras, eran negras y cubrían por completo el lado opuesto a la espiral de anillas. Sobre la negra cubierta solo había un pequeño dibujo en relieve, realizado con surcos leves y finos. Parecía un fragmento de una molécula de ADN, un par de vueltas de la doble hélice; pero únicamente estaba representada la parte exterior. En el lado tapado había un diminuto orificio con una leve forma de cerradura. Me parecía un objeto demasiado sobrio para que hubiera sido diseñado como diario. No creía que nadie hubiera pensado en ese propósito para aquella cosa. Y, sin embargo, fue lo primero que se me pasó por la cabeza cuando vi la cerradura. Supongo que otros documentos se pueden guardar bajo llave, pero en mi mente cualquier objeto encuadernado que dispusiera de candado debía ser un diario. En aquel momento, ese pensamiento, me resultó trascendental. No entendía muy bien por qué, pero tener aquella especie de prejuicio me resultó chocante.

Estiré de la cubierta para comprobar que estuviera bien cerrado, pero esta acompasó el movimiento de mis dedos con ligereza. Se unió a mi mano como una pluma untada en alguna sustancia pegajosa y la acompañó con suavidad. No lograba entender cómo había percibido el objeto como una losa segundo antes; ahora no tenía más que un leve soplo de aire sobre mis manos. La manera más clara de explicarlo es esa, una roca que, al abrirla, se transforma en una pluma. De todas formas, no pude reparar mucho en ello porque lo que vi en la primera hoja me chocó aún más. La libreta estaba compuesta de diminutos folios blancos, sin líneas ni cuadrículas. En la primera de ellas —formando un par de líneas verticales a la derecha— había dos regueros de signos chinos. A pesar de que tenían un acabado pulcro, la disposición provocaba que las dos tiras semejaran columnas a las que les bailaba alguna piedra en su estructura. Contemplándolos por separado me parecían dibujos bastante bonitos, porque el trazo tenía un acabado que se extendía de manera grácil y algunos eran muy complicados; pero no entendía nada, y me sorprendió que aquello lo hubiera escrito la anciana.

La segunda hoja estaba en blanco. Pensé que la habían dispuesto así por comodidad o una mejor presentación así que pasé otra. Tampoco había nada. Otra más. Nada escrito. Empezaba a desconcertarme cuando recordé que la escritura china sigue una orientación distinta a la nuestra. En cuanto el pensamiento atravesó mi mente mis dedos corrieron como un rayo a abrir el cuaderno por lo que yo había juzgado que era la contraportada. Efectivamente, aquel debía ser el folio que servía de portada, porque había unas palabras escritas en horizontal, con el alfabeto latino. Sin embargo, tampoco lo comprendía; pensé que era alemán o checo, nunca se me han dado bien las lenguas. A partir de ahí, había bastantes páginas usadas con caracteres chinos ordenados, me daba la impresión de que los habían escrito, todos y cada uno de ellos, con mucho cuidado.

Me supo mal que alguien perdiera un trabajo en el que había puesto tanto empeño, pero no tenía ni idea de cómo devolverlo a su dueño, que empezaba a sospechar que no era la anciana, sino otra persona. Quizá lo mejor sería dejarlo donde lo había encontrado por si la persona que lo había perdido pensaba en regresar a buscarlo.

No obstante, en mis cavilaciones había estado andando sin darme cuenta. De hecho, estaba llegando a la puerta del centro comercial. Apenas tuve tiempo de fruncir el ceño al percatarme de eso cuando también vi que llovía. Miré mis manos: de una de ellas pendía una bolsa grande en la que descansaba el electrodoméstico recién comprado; en la otra reposaba la libreta encontrada. Ni rastro de paraguas. En realidad es obvio, siempre pasa lo mismo. Si lo hubiera cogido no hubiese arrancado la tormenta hasta haber llegado a casa. Pero no.

Aún era pronto y ya empezaba a estar cansado de aquel día. Pero aquella mañana todavía tenía preparada una sorpresa más:

—Parece que te vas a mojar —anunció una voz burlona y familiar a mi espalda.

VI

En cuanto me giré quise no haberlo hecho. Tuve ganas de echar a correr bajo la lluvia, sin importarme que la gente me mirase en la calle o el metro, y llegar a casa empapado. Cambiarme, tal vez ponerme ya el pijama, y meterme en la cama, refugiado bajo una cálida y suave manta.

Por supuesto, no hice nada de aquello. Dejando caer con suavidad la libreta en la bolsa, dije:

—Supongo que tendré que buscar un paraguas en alguna tienda de aquí —de una rápida ojeada comprobé que ella llevaba uno bastante grande en la mano.

—Mira que salir de casa sin un paraguas con el día que hace... ¿Acaso no ves el tiempo en las noticias...? Aunque te habría bastado mirar algo más arriba del suelo para verlo.

—Siempre tan simpática —murmuré con una sonrisa sarcástica, y ella rio—. Es que he salido rápido de casa y me lo he olvidado. Aunque en teoría quería haber vuelto a casa antes de que empezase a llover.

—Pues parece que no has sido bastante rápido.

—Mierda, ahora que me acuerdo... Tengo que ir a comprar un mantel también.

—Sí que estás descuidado... Como siempre, de hecho. ¿También se te ha olvidado ir a trabajar?

Hay ocasiones en que los recuerdos nos juegan malas pasadas. Algunas veces recordamos algo mejor de lo que en realidad es, dejados llevar por la nostalgia; como suele suceder con algunas películas de infancia. Y otras, por el contrario, creemos que las cosas eran mucho más horribles de como en realidad eran. En ambos sentidos, la sugestión puede llegar hasta el punto de confundir por completo tus sentidos y opiniones.

Hay que ver lo que logra el tiempo.

Su broma, esta vez, me hizo gracia. Reí de una forma sonora y sincera.

—Vaya —dijo sorprendida—. Sí que estás de buen humor.

—Hoy tengo fiesta. De vez en cuando me gusta coger días libres en días... no señalados.

—¡Qué casualidad, yo también! —Después de una pausa añadió—: ¿Entonces no te vas a casa todavía?

—Pues no, voy a ver si compro eso.

—Mmm... ¿Te apetece hacer un café? Hace mucho tiempo que no hablamos.

Tiempo. Para curarse. Para librarse de prejuicios y nostalgias. Tiempo como distancia. Ese que nunca anda al ritmo que tú querrías; el que nunca se detiene cuando es todo lo que deseas que suceda. El tiempo que obliga a dejar un instante detrás de otro. Y otro. Y otro.

—Esta tarde tenía pensado probar la cafetera nueva —alcé un poco la bolsa—. ¿Te apetece? La casa no se ha movido en todo este tiempo.

Quedamos a una hora y se marchó bajo la lluvia. El paraguas se extendía sobre ella como un manto protector. Una cobertura que podía estar actuando tanto en un sentido como en otro.

VII

Salí del supermercado algo nervioso. Había tardado mucho en decidirme por el mantel y aun así no terminaba de estar convencido de mi elección. Sin embargo, prácticamente tomé el primer paraguas que encontré; apenas decidí el tamaño, no me molesté en seleccionar un modelo por encima de otro y no me preocupaba en lo más mínimo.

A medida que me acercaba a la salida del centro comercial la sensación de inquietud fluctuaba dentro de mí. Tenía la sensación de que se me olvidaba algo, de que me dejaba algo, o más bien, de que me faltaba algo. Pero era incapaz de concretar el qué. Cuando se nos pega algo en la suela del zapato es tan sencillo como mirar esa parte del calzado y extraerel objeto extraño. ¿Dónde mirar en aquellas ocasiones?

Cuando salí ya no llovía apenas. Me sorprendió que la ferocidad que el agua tenía hacía un rato se hubiera evaporado tan pronto. Ni siquiera me molesté en estrenar el paraguas, dejé que las débiles pero continuas gotas fueran deslizándose sobre mí. Cuando entré en la boca del metro estornudé. Inconscientemente sonreí, recordando aquello que siempre decía mi padre sobre este tipo de lluvia: un calabobos era como la definía, y como casi siempre tenía razón.

Me costó un poco pasar por el torno con el bulto de la bolsa, y antes hice un breve espectáculo para conseguir extraer la tarjeta de mi cartera; no sé porque los hacen tan estrechos. Cuando bajaba los últimos escalones el metro estaba deteniéndose en la estación, así que di un par de zancadas para atravesar una puerta abierta, las bolsas danzaron desde mis manos pero las aferré bien con los dedos para que no se cayera nada. Una vez dentro me desplomé en un asiento cercano y suspiré aliviado.

El transporte se puso en marcha, siguiendo con facilidad los raíles que prefijaban su camino y le llevaban a su destino sin sentido.

VIII

Eché la cabeza hacia atrás y cerré los ojos mientras mis dedos acomodaban las bolsas entre mis pies. El suave vaivén parecía invitarme al sueño, y aunque mi cabeza no estaba de acuerdo, cerrar los párpados me alivió un poco. Sentía el cuerpo algo más ligero y casi por un instante pensaba poder relajarme de veras, pero las ideas e imágenes de tu cabeza no se van porque quieras, al contrario. Es un lugar común, sí, pero no por ello duelen menos; no porque lo hayan dicho miles de personas antes tu vida va a ser más soportable.

Cuando la evasión interna falla, puede ser que la externa funcione, nunca está de más probar. Abrí lentamente los ojos y miré alrededor. El vagón estaba bastante vacío. Siempre que he estado aburrido en un medio de transporte y he tenido ganas me he dedicado a hacer inventario de la gente que está en ese momento. ¿A qué se dedican? ¿De dónde vienen? ¿Adónde van? Trato de no fijarme en los indicios más típicos y visibles, huyendo de la información que me pueda dar el modo de vestir o una determinada camiseta. Más bien intento centrarme en cosas más pequeñas: gestos, la mirada, la forma de hablar... Expresiones que pueden descubrir o enmascarar la sinceridad. Cuando salgo del metro, me parece haber acertado en general con mis suposiciones, como invadido por un orgullo banal e idiota que nace espontáneamente de la ignorancia. Con las personas que he conocido, siempre me he equivocado en esas señales.

En aquella ocasión me percaté de que un chico joven, quizá universitario, me dedicó una mirada furtiva, pero con bastante atención, como las que yo practicaba. Por primera vez pensé en qué debía pensar la gente de mí si se dedicaba a tratar de adivinar mi vida desde un vistazo durante varias paradas de metro. Me pareció un poco triste. Vidas y más vidas. Cada una con sus otras vidas unidas como apéndices: sobre los hombros, colgando de un pie, sobre la cabeza. ¿Dónde estarían las que yo cargaba?

Abrí la caja de la cafetera y saqué las instrucciones como pude. Extendí el libreto, algo arrugado, y me dediqué a leer la puesta en marcha el resto del trayecto.

IX

Mientras estaba absorto en la tediosa marea de instrucciones y consejos que dudaba fuera a seguir nunca al pie de la letra, unos dedos presionaron mi hombro al tiempo que se abrían las puertas del vagón. Vi entonces que un viejo conocido se despedía con un gesto breve y salía del metro algo apresurado. Se me hizo raro no haberme dado cuenta de su presencia hasta entonces, los manuales debían tener unas propiedades absorbentes que hasta ese momento desconocía.

Aquello me recordó un pedazo de mi pasado. Era muy joven y tenía todavía unas ideas del mundo bastante coartadas por la literatura y la cultura de mi época... Bueno, supongo que aún ahora me cuesta reconocer que siempre he mantenido ciertas concepciones estúpidas sobre la vida, debido a un resquicio de idealismo que siempre he procurado retener, ya que en ocasiones ha sido el único resorte de realidad al que he conseguido aferrarme.

Pues aquel día entré en el tren a la hora habitual para ir a un curso al que asistía por las tardes. En ese momento pensé que sería curioso encontrarme con alguien, porque llevaba varios días seguidos en los que me sucedía, si bien en lugares y momentos del día distintos. Pensé, como hacía de manera recurrente, que estaría muy bien encontrarme con la chica que me gustaba por aquel entonces y poder charlar un rato con ella.

En aquel instante la oí, un par de asientos más allá, detrás de mí. Agucé un poco el oído. Era su voz, estaba completamente seguro, y estaba conversando con una amiga. Sentí un profundo impulso para darme la vuelta y comprobarlo, sobre todo para poder contemplarla... Pero me contuve. Me dije que quizá ella me había visto y había optado por no decirme nada. Quizá no. Yo tenía suficiente confianza con ella como para haber ido a saludarla, pero decidí no hacerlo. Me mantuve todo el recorrido así, sentado, esforzándome en no girar el rostro; oyéndola y sintiendo su presencia cercana. Aunque pasaba los días con ella en la cabeza a todas horas, esa posibilidad de estar tan cerca de manera furtiva me proporcionaba en aquel instante más felicidad.

A punto estuve de saltarme mi parada. Me apeé del metro silenciosamente, pensando en qué iba a preparar de comer aquel mediodía.

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