Cuentos

Nota al pie

Se levantó como siempre: cansado.

Había pasado la noche anterior dejando correr el tiempo sin hacer lo que debía. Aunque se presionaba continuamente echando una ojeada a sus apuntes extendidos sobre el escritorio, no lo hacía con mucha intensidad; una mirada de soslayo era más que suficiente para recordarle que perder el tiempo le sería más descansado y rebajaría su dolor de cabeza. Lo que no sabía era que el dolor surgía precisamente de mirar la pantalla del ordenador a tan corta distancia. No podía concentrarse, así que cada vez que miraba el fajo de folios apilados sobre la carpeta su vértigo se acrecentaba de manera considerable. Navegaba por páginas insulsas, hallando de tanto en tanto algún comentario interesante, pero nada extraordinario. Sin embargo, no se aburría lo suficiente como para reprocharse el perder el tiempo; así que ni tan si quiera se planteaba la posibilidad de ir a dormir, como si una fuerza ajena le impeliera a quedarse frente al portátil. De hecho, aquella era la única explicación posible para no hacer nada: que algo le estaba obligando a no hacer nada. Pero de repente lo sintió. Como si hubiera oído nuestra voz, juzgándolo, pulsó el interruptor de apagado directamente y con un movimiento preciso se dejó caer sobre la cama, varios pasos a su derecha. El sillón reclinable aún se tambaleaba ligeramente cuando cerró los ojos. Se colocó la almohada de manera que cubría su cabeza parcialmente en un intento vano de hacer remitir el dolor de cabeza. No tardó mucho en dormirse. Era muy tarde.

Algunas horas después sonó el despertador. No lo oyó. Esa semana había decidido probar la radio para no llegar a odiar ninguna canción en particular. Pero era jueves y no había logrado oír la emisión ni uno solo de los cuatro días. Había tenido que acudir su madre a gritos, para informarle de una hora falsa con la esperanza de que se apresurara. Evidentemente él ya conocía la jugarreta y no caía ningún día. Excepto aquel. Se levantó sobresaltado (de un salto, de hecho), arrasó con algo de ropa del armario y la preparó para después mientras salía a la carrera. No tardó en llegar al otro extremo del pasillo ni en cerrar la mampara de la ducha, tampoco en abrir el paso del agua y quedarse inmóvil bajo el poco intenso chorro de agua que liberaba la alcachofa. La ausencia de un caudal apropiado para disipar las legañas de manera eficaz le resultó algo ominoso. Le pareció un mensaje de que algo iba mal, de que alguno de los mecanismos del mundo no funcionaba como debiera. Se dio cuenta enseguida: su madre había logrado engañarlo y él no había conseguido hacerse el remolón durante cinco minutos. Pero lo que había calculado verdaderamente mal era el día en sí mismo. Aquella celeridad la había instigado una turbia presencia sobre su cabeza. Solo entonces recordó que era jueves y no viernes, por tanto el examen era al día siguiente. Aquella era la profunda razón de que no hubiera dedicado la noche anterior a estudiar como un poseso en lugar de vagar por la red sin rumbo fijo. Para él la presión real no se manifestaba hasta unas doce horas antes del examen.

Después de la revelación se dedicó a realizar las tareas rutinarias y habituales con más parsimonia. Llevaba cinco minutos de ventaja y se lo podía permitir. Se vistió, se lavó los dientes, se peinó, preguntó a su madre si habían dicho algo interesante en la radio, discutió con su hermano sobre el partido de la noche anterior, se tomó el café en dos sorbos, dio cuenta de un par de tostadas y metió el libro que estaba leyendo en la mochila. Salió con unos pies que demandaban algo más de premura en el movimiento, a lo que él accedió; así llegó al tren con poco más de un minuto de sobra. Decidió que por un lapso tan mínimo esperaría hasta estar dentro del convoy para retomar la lectura y pasó la canción que acababa de comenzar en su MP3. La siguiente tampoco le apeteció, la otra tampoco, ni la siguiente, ni la que venía después, en aquel momento la siguiente tampoco. Frunció el ceño ante la incomprensión anímica que le mostraba —y parecía alardear de ello— su reproductor al tiempo que llegaba el tren. El tema que sonaba en aquel momento sí lo dejó sonar mientras procuraba liberar espacio para que salieran los ocupantes y miraba como el resto de personas del andén no le imitaban en su gesto, sino todo lo contrario, se agolpaban ante la puerta con un ansia irracional por entrar y, probablemente, tomar asiento. Él se sentó en uno de los pocos que quedaban libres cuando consiguió subirse.

Miró alrededor y vio lo mismo de siempre. Todo tipo de gente dedicada a todo tipo de cosas. Chicos y chicas que reían como locos comentando los chismes nuevos de su grupo de amigos. Ejecutivos que se creían mejores al resto por ir vestidos con traje y miraban con suspicacia a quien se acercara a su maletín. Parejas de ancianos que miraban en ninguna dirección en particular, sin necesidad de decir nada a aquella persona con la que habían compartido la vida y junto a la cual aún seguían sobreviviendo. Alguna persona leyendo algún bestseller. Hombres y mujeres que miraban el móvil compulsivamente en busca de alguna llamada o mensaje que tal vez iba a no llegar nunca; o que llamaban y al no recibir respuesta esperaban, acechando... para tal vez esperar un par de tonos antes de cogerlo cuando por fin recibían la llamada. Jóvenes que escuchaban la música a todo trapo desde el pequeño altavoz del móvil.

—¡Qué cosas, han inventado auriculares, hay que ver cómo avanza la ciencia!— Gritó él, a nadie en concreto. El resto de pasajeros le miraron, extrañados. Alguno sonrió y algún otro lanzó una mirada inquisitiva al grupo del que brotaba la horrible música. Y, para su sorpresa, pues nunca había ocurrido hasta entonces, alguien se sumó a su grito:

—¡Sí, pero hay personas cuya inteligencia no alcanza a descifrar su complicado funcionamiento!– Era una voz femenina, situada más adelante. El desagradable grupo no se dio por aludido, o ni tan siquiera oyó ninguna de las dos frases. Sin embargo, aquel día al chico tampoco le interesó, miró fugazmente los asientos que quedaban frente a él pero ninguna de aquellas personas parecía ser la dueña de la voz. Supuso entonces que la chica que había hablado estaba algo lejos y abandonó la búsqueda, aunque permaneció un rato contemplando pensativo el suelo, inmóvil en relación a su punto de vista.

El tren siguió su recorrido y al cabo de unas tres o cuatro paradas, como de costumbre, quedó prácticamente vacío. Cerró el libro y lo guardó. Acomodó las piernas en el asiento de enfrente y se recostó buscando una postura más cómoda en el respaldo. Se dedicó a mirar por la ventana con desgana, sabedor de que no vería nada excepcional, pero con ojos que desprendían una curiosidad infinita. No podía concentrarse en la lectura y eso le fastidiaba. Ahora andaba dándole vueltas a que ni tan siquiera se había planteado la posibilidad de otear la marabunta de gente que abandonaba el vagón. Leer se había convertido en ese empeño fútil de hilvanar las palabras que reseguían sus pupilas; sustituido por otras fuerzas que le invitaban a perderse en derroteros ilusorio, como descubrir una desconocida.

«Vaya estupidez» pensó. «Ni que la fuera a reconocer al verla. Solo he oído su voz. Además, ¡solo ha dicho una puta frase! ¡No puedo saber nada de ella y ya parece que me gusta!» se recriminó después. Prácticamente ni escuchaba la música, las ideas le habían vuelto a absorber. Siempre pensando... Anclado a ese pasado que le había hecho tanto daño. Cada día hacía un pequeño esfuerzo para seguir adelante y ya estaba mucho mejor; lo importante era esforzarse, no desfallecer. Aún le quedaba mucho futuro disponible para quedarse estancado en lo que ya había transcurrido. Entonces se percató de la canción que sonaba en aquel momento: «...to show me understanding». Sí, todo lo que había pedido en un momento era aquello. En ocasiones canciones como aquella le habían dado un minúsculo empujoncito que le había ayudado a seguir adelante. «Here before me is my soul, I’m learning to live, I won’t give up». Había que aprender a dar un paso más en cualquier circunstancia. Decidió dejar el resto del trayecto aquel disco de Dream Theater en repetición.

La parada en la que debía apearse llegó casi por sorpresa y tomó las cosas en un movimiento brusco al tiempo que se levantaba y salía con prisas. Después fue caminando con tranquilidad en dirección a su facultad. El camino estaba tan tranquilo como de costumbre. Las clases tuvieron la misma composición habitual: aburridas, interesantes, amenas, lentas, frustrantes, rápidas. Como siempre las cualidades se juntaban y alternaban por igual en una misma asignatura o profesor, alterándose a lo largo de las franjas de hora y media, fluctuando, unidas a la variable del tiempo que llevaba acumulado aquel día de estancia en la facultad. Aprendió cosas nuevas, repasó muchas otras que no había acabado de interiorizar y se evadió cuando el profesor repitió por enésima vez las mismas cuestiones básicas que algunos compañeros parecían no lograr comprender.

El café sí estuvo especialmente bueno aquel día. Casi hirviendo como a él le gustaba y con un sabor reconfortante. Comentó con sus amigos que había sido un acierto no comprarlo en la máquina pues siempre resultaba una bebida bastante deplorable. Los demás rieron del «comentario estúpido habitual». Ya estaba acostumbrado, de vez en cuando soltaba alguna frase que nadie comprendía o valoraba. A pesar de ese momento, las conversaciones también fueron habituales. Por ejemplo: «Llevo todo el día escuchando el Images & Words» dijo él. «Aquello sí era progresivo con sentimiento y no los guitarreos de los nuevos grupos, que no transmiten nada» contestó un compañero. «Ya, creo que me voy a tener que bajar lo que encuentre de Van Halen o Hendrix... ¡Qué mierda que se me formateara el PC! Tengo mono de escuchar Spanish Castle Magic» aportó otro. Y también la breve estancia en la biblioteca fue habitual. No encontró el libro que estaba buscando para resolver una duda, pero al menos aprovechó el tiempo pasando apuntes y estudiando.

Cuando salió ya era de noche. Para entonces ya se había quedado solo. Tomó el camino a la estación con parsimonia. Se encontraba bastante bien y estaba de humor así que había decidido tomarse su tiempo en el trayecto. No quería ir corriendo como siempre. Había sido un día bastante anodino pero se sentía bien. Todo había transcurrido con normalidad. Apenas recordaba que al día siguiente tenía un examen. No estaba cansado en exceso y tenía algo agradable en lo que pensar. Sí, seguía pensando en la chica del tren. «¿La podré reconocer otro día? Por pura curiosidad, me gustaría reconocer otra persona sin tapujos». Mientras caminaba con total tranquilidad bajo la tenue luz de la luna, la música silababa en su oído y las hojas se mecían con el suave viento. Lucía una leve sonrisa y se permitió cerrar los ojos durante un corto tiempo.

No lo vio venir ni lo oyó. Apenas llegó a sentir la enorme fuerza que le presionó. Murió en el acto.

El grupo de jóvenes no fue vomitado fuera del coche en el impacto porque llevaban los cinturones puestos. En medio de la vorágine de confusión y alcohol que les sobrevolaba no acertaron a decidir nada en claro. Los gritos de terror de uno de ellos rompían la serenidad de la noche. Su actuación global resultó en un intento torpe de esconder el cuerpo entre unos matorrales, lo tiraron como si fuera un saco de runa. El MP3, en repetición, tardó mucho en detener la reproducción. En aquel momento, alguien que se hubiera acercado y prestado atención habría escuchado, fusionado con el ruido de los auriculares: «the way your heart sounds makes all the difference».

Al día siguiente, después de que su madre hubiera pasado una mala noche de despertares preguntándose por su ausencia y el silencio de su móvil, le llamó la policía. Uno de los chicos, el único que recordaba algo de la noche anterior de alcohol y drogas, había ido a confesar.

Recuérdame

Siempre he sido una persona racional y he tratado de tener planificados todos los movimientos y giros de mi vida; como mínimo los más importantes. Trataba de tener todo previsto, incluso las variables que pudieran parecer más inverosímiles. Siempre quería tener todo apalabrado y sellado, hasta cuando eran tratos que solo concernían a mi conciencia. No entiendo cómo dejé caer el bolígrafo de súbito sobre la libreta. No rodó unos centímetros por encima de la cuadrícula ni cayó al suelo después, como sucede en las películas. Simplemente se desplomó como un peso muerto y dejó escapar un sonido seco, un único golpe.

Un puñetazo preciso y fortísimo, directo a la boca del estómago.

Me puse en pie para ahuyentar la imagen de mi cabeza, pero debería haber aprendido ya en algún momento de mi vida que esos insulsos gestos físicos no bastan para tratar de deshacer lienzos mentales. Los fotogramas siempre se quedaban allí hasta que ellos querían irse; mejor dicho, hasta que decidían esconderse para surgir de nuevo otro día y volver a sorprenderte. Por eso dejé allí mi lista de pros y contras de la que apenas había esbozado el título. Un rayo de determinación había derribado el bolígrafo de mi mano, dejándolo a su suerte, enfrentado a las leyes de la gravedad. Decidí tomarme aquello como una inspiración, así que con la misma determinación tomé también mi abrigo y la bufanda y salí por el umbral de la puerta de mi piso mientras aún me estaba calzando los zapatos. Al tiempo que bajaba las escaleras a toda prisa –la velocidad que me permitían mis sufridas rodillas— terminé de colocarme las prendas, asegurando la bufanda dentro del cuello de la gabardina. Me abroché el último botón con una mano cuando sujetaba la hoja de hierro del portal para que entrara una vecina y su carro de la compra. La saludé con un gesto frío y seco, desacostumbrado en mí, y me marché calle abajo.

Habían bajado las temperaturas y podía ver mi aliento en el aire, pero era todo cuanto veía. No desviaba la vista de mi frente más que para mirar de soslayo las carreteras en los cruces y aun así no distinguía ninguna forma concreta. Quizá temía que si no me concentraba solo en el sendero, tanto físico como el que se había dibujado en mis proyectos por aquella extraña e inusitada determinación, si dejaba que las distracciones tangenciales arrebataran mi atención, el arrojo que sentía explotaría como un globo de agua pinchado con un alfiler.

Recordé momentáneamente un video de internet hecho con la técnica stop motion que permitía contemplar aquel proceso con total precisión. Sin embargo, la tempestad perpetua que vivía en mi interior, impertérrita ante cualquier viso de alegría de mi ser, se ocupó de desatar el segundo relámpago del día. Vi otro fotograma, las yemas de unos dedos clavadas por varios alfileres. A pesar de la propia punzada que sentí, me alivié al comprobar que era una imagen estática, pues conocía el movimiento de las agujas de memoria.

Apreté los puños con fuerza en los bolsillos del abrigo mientras me arrebujaba levemente para combatir el frío. Me di cuenta de que de nuevo estaba tratando de combatir una sensación interna, procedente de mis entrañas, con un movimiento idiota. Sacudí la cabeza.

Cuando tomé asiento en el metro, mi alma racionalista trató de emerger a la superficie para hacerse oír ante aquel despropósito en el que se había visto involucrada. Allí, entre una anciana que cabeceaba y un asiento vacío, decidió gritarme. No sé si manifesté algún gesto, el vagón iba prácticamente vacío y no pude asegurarme con alguna reacción externa. El caso es que me llamó, y decidí hacerle algo de caso sin llegar a olvidar que mi templanza en torno a la decisión no debía ser truncada.

Hice memoria hasta la primera noticia de la clínica. Traté de recordar las palabras exactas del primer titular que vi pero me resultó imposible; es extraño, porque habían generado una impresión potente en mi cerebro con ellas. Después las contaminé con lecturas más exhaustivas de otras publicaciones. Conociendo la prensa de hacía unos doce o trece años (no distaba mucho de la de ahora) podía suponer que fue algo así como: «Médicos descubren la forma de hacer olvidar. ¿La habrán guardado bien?» Quizá alguno más serio rezara: «Los avances de la ciencia, ¿de verdad un paso adelante?» Sí, creo recordar que fue alguno con ese aire el que espoleó mi debate interior. La primera idea que bordó mi red neuronal fue la de acudir inmediatamente para deshacer aquella maldita nube de oscuridad que me había acompañado toda mi vida. Sentí que debí hacerlo. Acto seguido reflexioné que no quería ser de los primeros, ¿quién iba a asegurar que no podía haber fallos, llegando incluso a salir muy mal? En efecto hubo problemas, aunque en todos estos años no ha habido ninguna muerte, algunos pacientes tuvieron un destino aún peor que ese. Ya se sabía desde el principio, era obvio que el material sobre el que trabajaban era muy delicado. La sociedad se dividió, en apenas décimas de segundo, entre partidarios y detractores; vamos, como en todo. El tema inundó los bares como una mecha consumiéndose e incluso yo me vi en discusiones con amigas y amigos. Recuerdo que en ocasiones percibí salir de mi boca palabras que no sentía. En algún lugar leí un pensamiento que creo acertado: en realidad no somos dueños de nuestras palabras sino que ellas son dueñas de nosotros. Muchas veces tienen más fuerza que quien las ha pronunciado, como era mi caso. Pero con la misma facilidad con la que siempre se olvidan las noticias terribles, el tema se desvaneció de nuestras bocas. Después de los primeros debates, los primeros éxitos, los primeros fracasos, los primeros pacientes en coma y todo el alboroto que conllevó, la gente fue olvidando aquella clínica de barrio que podía borrar parcelas de recuerdos. Descubrimiento que para muchos era la panacea y para otros tantos el peor de los venenos.

Yo, por mi parte, olvidé aquello que había creído mi salvación. Se perdió en algún recodo de mi cerebro ese vestigio que había creído podía segar las cadenas de mis temores. Cuando fui creciendo no entendía cómo algo que había pasado hacía tantos años podía seguir afectándome. Me repetía que no habían sido más que cosas de niños, que pasan y se olvidan, que cuando tuviera un trabajo, una pareja e hijos ya no lo recordaría jamás, o tan solo sería una simple anécdota. Pero no me di cuenta de cómo las garras se aferraban a mi corazón. En algún momento lo asieron con tal fuerza que los surcos permanecieron firmes en él. Las imágenes volvían con mucha frecuencia en algunos momentos de mi vida. Provocaban aún más daño cada vez que mi corazón trataba de abrirse.

Sabía que la culpa era mía. No quise ayuda cuando me la ofrecieron, y hay cosas que una persona sola no puede superar. Al final (¿por qué tendemos a pensar en que el punto en el que estamos es el final?), todo aquello había provocado que no me atreviera a intimar con nadie de verdad. No podía soportar el miedo a la traición ni al dolor físico. Por mi culpa me había privado de conseguir la familia que siempre había querido tener.

Pero con aquella clínica el daño tal vez no fuera irreparable.

Cuando llegué a la estación el metro estaba tan lleno como acostumbraba a suceder en aquella zona. Dio la casualidad de que la anciana se apeaba en la misma parada que yo, así que la ayudé a ponerse en pie y salir para que no se cayera por culpa de los bruscos frenazos que poblaban el transporte público. Por no mencionar la irritante tendencia de no respetar la señal de: «dejen salir antes de entrar». La mujer me lo agradeció con una sonrisa radiante cuando ya estuvimos en el seguro andén. Fue como si me sonriera por todos sus poros, cada una de sus arrugas me agradecía aquel pequeño gesto que para mí no había sido nada, pero que para ella significaba mucho. Me quedé de pie en medio de la marea humana que intercambiaba posiciones del andén al convoy. Creo que alguien me gritó algún improperio pero en aquel momento no entendía ninguna palabra. Solo pensaba en aquella cara arrugada, tratando de recordar la última vez que había visto sonreír así a mi madre. No podía. Hacía años que todo lo que mostraba a mis padres era hostilidad, a lo sumo un trato cordial teñido de un tono brusco o arisco; cuanto más afecto me dedicaban ellos más fuerza tomaba la tormenta de mi interior. El metro aceleró. Se me humedecieron los ojos y me sentí tan idiota como cuando lloraba en la noche; «¿todavía continúas así, a tu edad?», me decía (como si aquello tuviera algo que ver con los años que hubieran transcurrido desde mi nacimiento). Me marché aprisa de la estación.

Después de vagar un poco (di algunos rodeos expresamente) llegué a la calle de la clínica. Tampoco ahora conseguía discernir entre las manchas que había a mi alrededor cuáles eran personas, vehículos o edificios. Los últimos metros internándome en el pequeño callejón fueron agónicos, daba cada paso con conciencia plena de lo que hacía, y el terror era igual de fuerte que la idea de salvación. Me repetía que estaba haciendo bien, tratando de apagar la vocecilla que pugnaba por ser más fuerte. Pero la letanía que reinaba en mi cerebro, mi propia voz, mis propias palabras, que habían acallado todo el trayecto el ruido de coches, camiones y peatones, se quebró por una voz ajena, aguda y fina.

—Tú no quieres entrar ahí –susurró la tímida vocecilla.

Me detuve y me giré lentamente. A pesar de haber sido advertido por la voz, la figura que vi me sorprendió por lo diminuta que resultaba; debía tener unos trece años. Había detectado algo profundo en aquella frase pronunciada de forma tan frágil. Cuando volvió a hablar, lo hizo de la misma manera. Parecía que disponía las palabras con cuidado, como si estuviera construyendo un castillo de naipes con ellas.

—Tú... ¿No quieres, verdad?

Mi rostro tomó serenidad de pronto. La figura se percató de ello, o de alguna otra manera detectó que la hostilidad se había evaporado de mi presencia, sonrió y habló con mayor decisión, aunque todavía parecía tener dificultad para encontrar las palabras adecuadas.

—¿De veras crees que hay algún recuerdo que merezca olvidarse?

La inocencia se mezclaba con la profundidad de la pregunta. Me impactó como una saeta en llamas. ¿Que si...? ¡Unos malditos recuerdos habían anclado mi vida, no me habían permitido avanzar en la dirección que yo quería! Todo ese dolor que sentí... Que revivía aún de vez en cuando... ¡¿Cómo demonios podía no querer olvidar todo aquel tormento?! ¿Por aquella pregunta? ¡No! La pregunta eran los ecos de una sentencia grabada en mi propio cerebro.

—¿Sabes? Mis padres se han deshecho de mí: olvidándome y haciendo que les olvidara. Me han dejado una nota. Una mierda de nota –puntualizó, completamente seria.

¿Cómo? Me dije, con estupor, sin llegar a pronunciar palabra.

—Pero me he encontrado, creo que es la mejor forma de decirlo –respondió—. He salido y estaba en el bolsillo de mi chaqueta, la acabo de leer ahora mismo. Me lo han explicado para que no ande perdida –pronunció mientras se le llenaban los ojos de lágrimas—. ¡Me hacen olvidar, pero me hacen saber que hubo algo que jamás recordaré!

—Pero... No creo que merezca la pena ni olvidar esto. Aunque lo hayan interrumpido, seguiré mi camino. ¿No crees que tenemos que ser fuertes?

No entendía aquella entereza, aquella fuerza de voluntad. No quería olvidar esa tortura que acababa de sufrir. ¿Cómo decir que no, que yo no quería ser fuerte más tiempo porque no me había servido de nada? ¿Que quería quemar todos los fotogramas de mi sufrimiento? No podía. El frío penetraba todo mi cuerpo y mi mente iba dejando paso a la nada lentamente. No podía pensar con claridad. Las estructuras se resentían, los cimientos crujían de una manera espantosa y no encontraba los materiales necesarios para la reparación, ni sentía la energía suficiente como para acometer la tarea. Solo quería esconderme en la habitación más remota, cerrar con llave y dejar pasar el temporal. Huir, escapar, marcharme. Hasta que lo comprendí. No lo entendía porque era imposible hacerlo, lo que había que hacer con aquello era otra cosa distinta, no entenderlo.

Con el mismo ímpetu con el que había iniciado el trayecto me sorprendí a mí mismo hablando:

—¿Cómo te llamas?

El sonido de la rutina

Como siempre, el tren reptaba a moderada velocidad sobre las sierpes de hierro estáticas que lo guíaban. El mismo paisaje de cada día discurría ante los ojos del joven. Más allá de la ventana todo se agitava aunque él se hallase en el más absoluto reposo; quietud en cuanto a la parte física de su cuerpo, claro, su mente era otro cantar.

Los árboles calcinados; las edificaciones derruidas; los pájaros huyendo de las llamas aún vivas; alimañas escurriéndose entre cualquier recodo que encontraran; personas sin nombre llorando, implorando a sus respectivos dioses; el caballero llegaba altivo para solucionar los problemas de la aldea...

Ah, no. No era esa la escena que se sucedía junto al tren. De hecho, ahora estaban dentro de un túnel y detrás del cristal no había más que tinieblas. Aquel escenario únicamente lo presenciaba el muchacho. Aquel teatro se había generado en un instante y se había desvanecido en otro segundo solo en las retinas del chico; como un libro desplegable. Mientras tanto, el convoy seguía su camino semivacío, ajeno a cualquier pensamiento que pudieran desarrollar sus ocupantes.

A los pies del chico descansaba su mochila, algo húmeda. Junto a esta, el paraguas completamente empapado que había dejado caer de cualquier manera. La ventana estaba recubierta de gotas de lluvia y el alféizar estaba frío, pero el muchacho reposaba el codo en él. Acercaba las piernas a la pared del vagón para sentir el calor reconfortante de la calefacción. En el asiento contiguo se dejaba caer su chaqueta; gracias al paraguas estaba bastante seca y cuando se la pusiera al salir sentiría también su calidez. La cabeza del joven y su flequillo empujaban levemente el marco de la ventana. Sus ojos miraban fuera sin ver apenas nada de la realidad. En lugar de eso, acostumbraba a ocupar el tiempo del viaje de vuelta a casa pensando en tonterías como las de hacía un momento. Historias nuevas y viejas para contar que jamás iban a ser contadas. Morirían en su cabeza en el preciso momento en que las olvidara; para el mundo nunca habrían existido, aunque por un momento y solo para él, hubieran sido el verdadero mundo. Un día pensó en ello, en la facilidad en que mueren esos mundos o las uniones entre ellos, las representaciones de las vidas de cada persona... pero se extrañó de sus propios pensamientos y lo dejó correr. Sí, aquel día sacó la consola portátil de la mochila y se puso a jugar con ella inmediatamente después.

Pero aquel otro día, después de las imágenes de destrucción (que no tenía ni idea del motivo que las podía haber llevado hasta su cabeza), extrajo el libro que estaba leyendo. Sin embargo, se percató al tiempo mismo de extraerlo que no estaba de humor para continuarlo en aquel momento y lo dejó sobre su regazo sin abrirlo.

Y había permanecido tal cual desde entonces.

El tema Room of Angel resonaba en su cabeza gracias a unos auriculares nuevos que había comprado unos días antes. No sabía por qué le duraban tan poco, siempre se lo preguntaba... El caso es que la voz susurraba en sus oídos aquella especie de nana, tan relajante y, a la vez, con un deje tan inquietante.

Sus ojos entrecerrados atisbaron algo de luz en el exterior. Su mente supuso que un convoy los cruzaría en breve, ya que aquello era indicio claro de que uno se acercaba. Sin entender por qué, sus pulmones provocaron un suspiro que escapó suavemente a través de su nariz y se incorporó al aire enrarecido del vagón. El tren pasó a toda velocidad, como una saeta disparada por el mejor arquero. Una idea absurda afloró en su mente en un segundo, mientras veía correr las caras desfiguradas de los ocupantes del otro convoy: ¿Y si estaba allí, yendo a cualquier sitio? Después de desechar su estupidez, que sin duda nacía de su amor a la casualidad, cerró los párpados con aire de dejadez, indicándose a sí mismo que era un idiota.

Cuando los volvió a abrir vio ese rostro anhelado en lo que creyó ser una diminuta fracción de segundo, pero no sabía si su cerebro estaba capacitado para reconocer cantidades tan pequeñas de tiempo. Sin embargo, esa imagen tuvo una consecuencia casi inmediata (lo que venía a ser la velocidad de reacción del muchacho), y es que su cabeza se precipitó contra el cristal, produciendo un sonoro golpe. Mientras se frotaba la dolorida frente y miraba a su alrededor para averiguar si alguien le había visto, se rió de su propia ingenuidad. Aun así, sus rasgos perduraban en su mente. Las finas líneas que dibujaron su faz por un momento en la ventana resistieron en su retina y más allá, completamente definidas en una región difusa de su cerebro. ¿Había sido realmente la persona que había visto? La imagen que transmitía el cristal sin duda estaba desfigurada por las gotas de lluvia que reptaban por él. Dejó caer su cabeza mostrando por enésima vez el sentimiento de resignación que sentía; quizá así pensaba poder expulsarlo fuera de su cuerpo, pero nunca le había funcionado.

No obstante, cuando abrió los ojos encontró algo inesperado. En el suelo húmedo, junto a su mochila, había un pedazo de papel. Se transparentaba un poco porque estaba levemente mojado y parecía tener tinta en la otra cara. Alargó el brazo derecho para cogerlo y movió el izquierdo justo a tiempo para que el libro que tenía en el regazo no se deslizara hasta el suelo. Con el fragmento de papel en la mano derecha, pasó los dedos de la izquierda por la portada del tomo, resiguiendo el título con las yemas: Las intermitencias de la muerte. Acto seguido lo guardó en la mochila y le dio la vuelta a la mojada nota:

«El universo es todo uno».

Kit de Cat

Aquello era todo lo que había escrito. Ni una palabra más, ni una palabra menos. Algunas de las letras estaban algo emborronadas pero se podían distinguir con fragilidad.

¿Qué condenada chorrada era aquello? Se preguntó el chico. ¿Cómo que el universo era todo uno? Pues claro, el mismo concepto te lo decía. El universo abarca toda la existencia, así que era uno... porque no podía haber más. Incluso para los católicos el universo era todo uno, ¿no? Existía el mundo terrenal donde vivíamos y después estaban otras partes: el cielo y el infierno. Y también el limbo, purgatorio o como se llamara, en aquel momento no lo recordaba. Aunque la verdad es que no tenía ni idea del concepto real del universo que defendía el colectivo. Pensó que también para Platón, y cuantos otros pensadores hubiera habido en el mundo, era así. Para Platón el mundo de las ideas debía formar parte del propio universo donde estaba el mundo físico que percibíamos, ¿no? Le resultó curioso sentirse tan dubitativo respecto a aquellas repentinas cuestiones.

Vaya un filósofo el tal Kit... Por cierto, ¿Kit? ¿Qué apodo tan ridículo era aquel? Al leerlo entero incluso le había entrado hambre porque había pensando en un Kit Kat... pero después había visto que se refería a un gato por haberlo escrito con “c”. Aun así, si lo había escrito con aquella intención, el «de» estaba mal, si quería llamarse «el gato» en inglés, claro. Sacudió la cabeza en gesto de negación ligeramente, en esta ocasión tratando de expulsar de su interior la perplejidad que sentía.

Después miró el papel preguntándose dónde iba a tirarlo. Decidió esperar al momento en que se levantara para marcharse y dejarlo caer, hecho un ovillo, en una de las papeleras; no podía dejarlo allí para que se repitiera la escena con otra persona. Cuando hubo tomado tal determinación se dio cuenta de que la canción que sonaba en sus auriculares había cambiado. Le había sorprendido una nota de la versión sinfónica de la canción Es caprichoso el azar, en un momento en el que Serrat subía de tono.

¿Por qué se había empeñado en querer verla en aquel instante, por la ventana? Siempre había sido un ingenuo, vivía de ilusiones, expectativas que se creaba a cada minuto de su vida y que se desvanecían al segundo siguiente, cayendo como agua por un embudo un instante después de retirar el dedo que tapaba el agujero inferior. El chorro de agua caía al suelo entonces, pero no se esparcía como un líquido, se comportaba más bien como una cantidad pequeña de arena. Lo peor era que después de cada derrumbe de aquellos castillos de partículas de sílice se sentía peor que antes. Las ilusiones le daban vida. La esperanza servía para que cada día pudiera ponerse una sonrisa de máscara, mientras su interior se consumía. Cual Prometeo condenado a seguir viviendo día tras día después de que sus entrañas fueran devoradas y más tarde regeneradas. Así sentía que eran en cierto modo sus sueños y delirios. No obstante, cada vez era menos consciente de ello, se aferraba más y más a esa irrealidad, esperando que el mundo le respondiera.

De pronto, se dio cuenta de que estaba buscando el billete para pasarlo por el torno y poder salir de la estación. Cuando quiso pensar en el momento en que había salido del tren se percató de que ya estaba ascendiendo por las escaleras de su barrio, camino que le llevaría en unos minutos a su hogar. El cielo desdibujaba formas de cumulonimbus negros y estratos grisáceos que se juntaban entre sí y no dejaban ver más allá. Las farolas aún no se habían encendido por horario, pero aquel día –pensó el chico— tendrían que haber adelantado su funcionamiento, pues la presencia de tan densas nubes eliminaba la fuerza habitual de la manifestación lumínica de las callejuelas; los únicos reflejos débiles que llegaban procedían de viviendas con las persianas todavía alzadas. Tampoco se oía ningún coche que pudiera iluminar temporalmente su camino. El trayecto era mucho más aburrido sin música, debía recordar lo de comprarse unos auriculares. El muchacho miró hacia arriba, resiguiendo los enormes edificios que le asediaban y buscó alguna forma en el cielo, entre las líneas de los cúmulos, pero no halló ninguna interpretable. Un pensamiento cruzó su mente como un trueno: Todo está completamente seco, pero antes de coger el tren llovía a cántaros y dijeron que lo haría por toda la región... ¿Puede ser que aquí no haya caído nada de agua? Pero aquella duda impactó con otra y ambas se quebraron al instante: aunque recordaba el goteo de la lluvia en el paraguas ahora lo llevaba en una mano y estaba completamente seco. Al mirarse reparó también en el fragmento de papel hecho un lío entre sus dedos: la celulosa no estaba ni un milímetro húmeda. ¿Qué coj...? Pensó, pero lo abrió sin darle más vueltas.

Unidad o infinidad, ¿qué más da?

Kat de Kid

Sin que tuviera tiempo de plantearse nada (su mente se había vaciado por completo) su bolsillo vibró. Rápidamente desabrochó el botón y extrajo el móvil, aunque la vibración murió en sus manos, era un mensaje. Le dio un vuelco el corazón cuando vio el nombre del contacto que lo había enviado: ella. «Me ha parecido verte... ¿qué tontería, no? Aunque haya sido una simple ilusión de mi cabeza me ha gustado jeje. ¡Nos vemos mañana! Besos.» Aunque no textualmente, el mensaje venía a decir eso. Se sintió mareado al terminar de leer. Una sensación de vértigo lo arrasó como si le acabara de atravesar una manada de ñus el cuerpo. Siguió caminando tembloroso, incapaz de fijar la vista.

Después del paso siguiente se hallaba frente al ascensor de su casa. Vio como su dedo índice descendía después de haber presionado el interruptor. La canción que resonaba en su cabeza entonces era «Ego Painted Grey», y le sorprendió uno de los acordes de la guitarra. Nunca se cansaba de esa canción. Era tan melancólica y con un aire tan crudo... Siempre le traía pensamientos varios a su cabeza.

Su mirada viajó acorde a los movimientos de su mano y terminó el trayecto fijándose en el empapado paraguas que asía con la diestra. Pensó en el momento en que casi se lo descuida en el suelo del tren y en la carrera por salvarlo. También recordó el tropiezo en las escaleras, concentrado en la melodía del MP3 que sonaba. Rio al rememorar esos momentos y también el choque de su cabeza en el cristal. En medio del flujo de pensamientos bogó hasta otros momentos similares en su vida; siempre reía a carcajada limpia cuando alguien se chocaba, caía o tropezaba. Y aquel día él mismo había sido el foco de esos sucesos. Aunque no la había visto en todo el día ni tenía noticias de ella, siempre había algún motivo para poder liberar aquel sentimiento opresivo con una carcajada.

Había tenido un día muy torpe, la verdad.

Hueco

Mientras mi cuerpo ascendía por las escaleras de manera autónoma, levantando uno y otro pie con un ritmo no muy acertado, mi mente repasaba las últimas horas.

El calor del bar y los amigos. El vermut y las cervezas. Las charlas inspiradoras y los temas indignantes de la actualidad. La voz de unas y otros volando por el aire. Nuestros pensamientos incapaces de manifestarse perfectamente en palabras. Nuestras palabras incapaces de movernos a actuar por aquello en lo que creemos. Demasiado asustados o demasiado anclados en nuestra vida. En nuestra monotonía. Demasiado…

La vista algo nublada en la oscuridad me trae de nuevo al camino. No molesta especialmente, no hay coches ni peatones por la calle, debe ser ese momento justo de la noche. Qué tranquilidad, la ciudad vacía, imaginar que no hay nadie ahí, ninguna persona que vaya a hacerme daño porque no queda nadie. A pesar de fantasear con una ciudad abandonada a mi disposición, no cambio de destino.

La portería de mi casa, el ascensor, el rellano, la puerta.

¿Esa es mi puerta? Echo la cabeza atrás, para comprobar el piso: es correcto. Miro de nuevo la puerta y sí que es la puerta de siempre. Cosas del alcohol, supongo. La llave entra y gira con facilidad.

Una sombra delante de mí. Siempre está ahí mi reflejo en el espejo, recibiéndome y mostrándome el vacío del rellano iluminado a mi espalda.

Cierro con cuidado, no quiero molestar a los padres con los que aún vivo a mi edad. Un asalto fugaz a la nevera, un vaso grande de agua; suficiente para poder ir a la cama. Me planteo ir al estudio a ver si rasco algunas palabras en el ordenador, pero aunque tengo el ánimo para ello, el más sueño aprieta más que la fuerza de voluntad. Sí, es justo esa hora de la noche.

Me doy cuenta de que desde hace unos minutos no suena nada en el auricular que llevo puesto. Entonces siento el silencio que me rodea y que, como siempre, me abruma. Me siento indefenso. Mis padres deben descansar tranquilos tras la puerta de la habitación del fondo. Saco el móvil del bolsillo y busco algún podcast atrasado. Me reconfortan las voces tan cercanas en mi oído, como si alguien estuviera contándome una confidencia.

Me lavo los dientes con desgana, y de la misma manera me desvisto y me pongo el pijama; con alguna que otra contorsión para no perder demasiado tiempo el audio, no es fácil hacer ciertas cosas con un cable colgando de tu cabeza.

Finalmente me estiro en la cama sin poder impedir que un suspiro se libere de mi boca. Los ojos cerrados en la oscuridad de la habitación. Una voz agradable junto a mi oreja hablando de algo que le apasiona.

Me despierto; aunque me siento inquieto, solo mis párpados me delatan. Me asalta la idea de que mis padres en realidad no están en casa. ¿Por qué? ¿Estaba soñando algo relacionado? Aún peor, la idea de que alguien ha usurpado su puesto. Después de todo, no comprobé que estuvieran. No tenía por qué hacerlo, porque siempre es así, pero la duda se ha agarrado con fuerza a mi corazón. No puedo evitar imaginar extrañas criaturas emergiendo de la habitación de mis padres, acercándose, acechando…

Me levanto de un salto. Casi temblando, abro mi puerta. El pasillo parece inmenso en el silencio y la oscuridad. Avanzo mientras las sombras se contorsionan a mi alrededor. Alcanzo el tirador. El temblor de mis dedos resuena en él. Abro la puerta.

Me despierto de nuevo. Atino a coger el móvil para mirar la hora: la de levantarse. Cuando salgo al comedor todo está revuelto. Una taza con señales de haber contenido café con leche, un plato con los bordes de una tostada, el cuchillo de untar con restos de mermelada. Como casi siempre, mi madre habrá salido corriendo. Recojo los platos sucios y los dejo en el fregadero. Me doy cuenta de que mis movimientos son lentos, no es que reaccione de manera retardada, como me sucede a veces recién despierto, sino que mis brazos o mis piernas no se mueven a su velocidad habitual.

Después de un café solo y un par de tostadas voy al ordenador. Siempre suelo hacer alguna cosa antes de recoger la casa. ¿Inspiración matutina? No sé. El portátil tarda mucho en encenderse, supongo que en algún momento lo tendré que cambiar, pero no es que las cosas me vayan especialmente bien ahora como para hacerlo.

Me muevo un poco con la silla y voy hasta los cajones más alejados. Abro el de abajo del todo y miro un rato su contenido ausente. Donde deberían estar algunas de mis libretas solo hay cables viejos, piezas de ordenador. ¿Cuándo he cambiado esas cosas de sitio?

Con el mismo tipo de movimientos que he tenido todo el día, cierro el cajón y me encaro a la pantalla: todavía negra, me devuelve la mirada. Una versión amorfa de mí, un borrón de mi rostro, realiza un gesto parsimonioso hacia un lado, en lo que me recuerda a una duda, a confusión.

Decido tratar de aprovechar el tiempo y me levanto dispuesto a recoger la casa. El día transcurre entre breves miradas a comprobar el estado del portátil, mover cosas de un sitio a otro y limpiar de manera superficial. De vez en cuando me siento en el sofá, pero no consigo relajarme, a pesar de la lentitud con la que sucede todo.

Estoy acabando de servir los platos y la puerta del ascensor anuncia la llegada de mi madre. Sigo poniendo la mesa mientras me saluda. Sus movimientos son un tanto erráticos.

Mientras comemos charlamos de cosas superfluas. Dudamos de cuánto hace que tal o cual tienda está cerrada. Comentamos lo lejos que hay que caminar para poder comprar pan, lo vacío que está el edificio y que desde hace tiempo nadie quiera venir a vivir a este barrio. La parte buena, lo tranquilo que se va en metro para volver a casa. Juraría que me he pasado con la salsa de soja, pero no noto que el salmón a la plancha haya quedado salado. Aunque no hemos encendido la tele, la inercia nos hace desviar los ojos con frecuencia a ese rectángulo negro. Me fijo en que los ojos de mi madre también vagan por los rincones de la sala de vez en cuando, carentes de emoción y, aun así, con minúscula inquietud en los escasos momentos en que me mira a mí directamente. Cambio de tema, le explico a grandes rasgos que hoy no he tenido un día muy productivo, y un par de tonterías que me han sucedido.

Cuando mi madre se levanta de la mesa y va directa a su habitación, me percato de que he estado hablando yo todo el rato. Ella no ha pronunciado palabra.

Me quedo un rato en el sofá, desinflado. Poco a poco mis ojos van resiguiendo todo el comedor. El mueble principal, los libros, las copas, las paredes, el techo, los rincones… Siento que algo no cuadra, pero no logro identificarlo. Es como si la planta de la esquina, la que está junto a la ventana, no tuviera el mismo color de siempre. ¿O quizá es que ha florecido? Sería muy raro en esta época del año. Mientras más la miro más extraña la veo. ¿Ha aumentado de tamaño en poco tiempo tal vez? Igual el nuevo sustrato es muy potente, pero el sol no puede haberla ayudado, llevamos una racha de días nublados… Bueno, siempre suele estar nublado aquí.

No debería perder más tiempo así, tendría que estar empleándolo en dormir, así mañana me levantaré más descansado y podré trabajar mejor.

Dejo los platos en el fregadero, se están acumulando, pero no tengo el ánimo como para ponerme a limpiarlos ahora. Ya lo haré un día de estos.

Me despierto y ya me siento cansado. Los reflejos de luz señalan algunos puntos concretos de mi habitación: el lomo de algún libro, la ropa sucia en el suelo, la silla con algunas prendas mal colocadas. Pienso en todo lo que tengo que hacer y se evaporan las minúsculas fuerzas que aún albergaba. La calle, la gente…

Pero al final, por arte de alguna extraña energía me levanto. Empiezo a realizar actividades como si no fuera conmigo, como si sucedieran unas detrás de otras instigadas por agentes externos.

Primero decido asearme un poco. En ocasiones me da pereza ducharme, pero he de reconocer lo reconfortante que resulta dejar correr el agua caliente desde la cabeza a los pies y permitir a tu mente vagar por donde quiera, conseguir evadir las trabas que muchas veces se alzan en ella y explorar vericuetos poco transitados.

Aunque puedan ser tonterías como pensar en por qué tengo tantos jabones y champús diferentes si vivo solo. Cuando queda poco, compro uno nuevo, lo pruebo el primer día, y sigo con él. Los antiguos se van quedando ahí, testigos mudos de algo que el psicoanalismo o una disciplina más moderna sabría identificar. Supongo.

La estufa está estropeada y no he podido encenderla, así que me apresuro a secarme con un par de toallas grandes. No puedo evitar un estornudo mientras me estoy poniendo los calcetines. Me debo haber dejado la puerta abierta y ha entrado algo de corriente. Voy a buscar el secador, no me quiero arriesgar a tener el pelo mojado mucho rato. Siempre he odiado ese rato vacío del estruendo de la máquina, pero hoy no me molesta especialmente, el tiempo pasa igual que siempre, y prefiero hacerlo a resfriarme. Siento que el lavabo está un poco más iluminado. Ya me estoy acostumbrando a tener una bombilla fundida. Siempre postergo arreglar esas cosas; si usara una agenda para anotarlas o viviera con alguien y me lo recordara, tal vez sería diferente. Un momento, sí que hay más luz. La puerta estaba cerrada. Por instinto, apago el secador para prestar mayor atención. En el vaho del espejo creo ver una bruma que se dispersa, mi mano se está moviendo.

Un escalofrío me hace darme cuenta de que tengo que vestirme. Lo hago con toda la agilidad de que soy capaz y salgo del lavabo, dispuesto a acometer otro día.

El trayecto en ascensor me resulta interminable. Solo tengo ganas de echarme en la cama, taparme entero con un edredón mullido y descansar.

La sombra que se recorta en el espejo, ¿no es hoy más grande?

Creo que no debería beber tanto entre semana, dos días prácticamente seguidos de ir a la bodega a beber vermut casero no es muy buena idea, me sube muchísimo. Pienso vagamente en que hoy ha sido un buen día, éramos pocos, pero bien avenidos. Un buen rato, mejor dicho, me convenzo.

Al cerrar la puerta siento una suave corriente de aire muy frío que me pone los pelos de punta. Me echo atrás, apoyándome en la puerta cerrada y cierro los ojos. Mis hombros me resultan pesados. No sé cuánto tiempo paso así. Pero no tengo hambre. Me siento débil, consumido, febril. Doy algunos tumbos por el pasillo hasta que termino en el sofá; algo que me resulta recurrente ya. Observo lo vacío que está todo el piso. No le he dedicado ninguna nota de color, no hay nada de vida en él. Alguien siempre me decía que los pisos en las ciudades tenían que tener plantas, pero ya no recuerdo quién. Da igual.

Un susurro que no comprendo me hace levantarme. Me dirijo con pies torpes a la cama, sin preocuparme de obstáculos o la falta de luz. Sí que entiendo algo, aunque creo que no procede de la voz en sí, viene de otro lugar más lejano; o quizá no tanto.

Me tumbo sobre el edredón al tiempo que las sombras me envuelven por completo y en un instante me devoran.

En un segundo, quizá mucho menos, tengo tiempo de atisbar algo más allá de las tinieblas que se arremolinan en mis cuencas vacías. Ya no queda nadie en esta casa. Dentro de poco, no quedará nadie.

El sol se pone

El sol se pone. La silueta de la ciudad empieza a recortarse sobre el horizonte anaranjado. La gente se mueve. Por fin felices después de un día de trabajo. Caminan al ritmo que les permite el cansancio. Hay quién no desea regresar tan pronto a casa, quizá no les espera un bonito hogar, quizá tienen motivos para postergar la llegada. Es un buen momento para socializar, sea un bar o donde se pueda. Los jóvenes, en cambio, si se dirigen a esos mismos sitios, es para comenzar la noche con buen pie. Puede ser un gran día. Alrededor de la estación se acumula una multitud de personas, casi todas pertenecen a una u otra categoría.

Un niño se enfada en el parque. Las hojas de las árboles al mecerse y el ruido de los motores mitigan su grito. Para él en aquel momento termina la diversión; en seguida vendrá su abuela a recogerle y le llevará a casa dónde su padre le obligará a comer espinacas. Juntos esperarán que su madre vuelva del trabajo.

Cuando se va el sol en la estación comienza a hacer frío. Una mujer emerge apresurada del tren mientras se coloca con dificultad el abrigo. No puede caminar correctamente debido a los zapatos de tacón que calza; tiene una cita con un tipo importante. En otro andén un joven siente el impulso violento de golpear algo. Aunque no quiere reconocerlo, está triste y se siente solo. Llorar o hablar de ello con alguien le aliviaría pero no lo sabe; ni tampoco se le ocurriría jamás, esos pensamientos son ajenos a su cabeza, tal vez porque nunca se ha planteado desactivar las barreras. Varios hombres miran a la mujer de los tacones cuando pasa a su lado; en realidad, miran sobre todo una falda corta de color oscuro y unas medias negras que remarcan sus piernas, olvidando que son parte de una persona. Junto a otra vía un chico espera nervioso, consultando con cierto frenesí el reloj. El tren va con retraso y cada minuto que espera allí es un minuto del día, no, de su vida, que pasa sin ella. No puede pensar en otra cosa, ansía regresar a su pueblo cada fin de semana para poder volver a verla otra vez. Una chica entrada en carnes escucha música a todo volumen en los auriculares. Vuelve a casa después de un pésimo día en el instituto. Han tenido gimnasia y la gente se ríe de ella. Es una lástima que nadie le haya dicho nunca lo guapa que es. Quizá así tendría más confianza en sí misma y sería capaz de entablar conversación con el chico que espera a su lado. Él espera el mismo tren que ella. Casi cada día regresan en el mismo tren. Ella se apea un par de paradas antes. Los dos estudian allí, en el centro, la facultad de él está al lado del instituto de ella. ¿Por qué él nunca le ha dicho nada a pesar de las ganas que tiene de hacerlo? Es un cobarde, nunca se ha atrevido a nada en la vida. Eso piensa mientras suspira resignado y ella le mira de reojo.

Una anciana está sentada en el banco interior de la estación. Que la temperatura sea más agradable dentro no es el motivo por el que se encuentra allí. Está esperando. Frente a ella desfila una jauría de jóvenes que aún cuchichean sobre la mujer de los tacones, pero la anciana no levanta la mirada. Sigue esperando. Lleva muchos días esperando en aquel mismo lugar todas las tardes. Su mirada, perdida, solo cobra cierta conciencia cuando los trenes llegan a la estación; como ahora. Ve, sin mirar, la gente que escupen los vagones a través de sus puertas. Está esperando a alguien que no llegará jamás. Quien sí lo hará es su hija, ya faltan escasos minutos, que en cuanto sale de trabajar de la perfumería va a buscarla y la lleva a casa. Allí cenan las dos, a solas, mientras la anciana comenta lo que tarda en regresar su marido. Su hija ya no es capaz de explicarle que lleva años muerto, ha pasado demasiadas veces por lo mismo. Hoy ha cumplido treinta y seis años y su madre no se ha acordado de su cumpleaños. El hombre con el que había estado tonteando lleva semanas sin llamarla y no responde a sus mensajes.

Salen, pasando por las taquillas, un grupo de chicas, su alborto se une al del grupo de chicos que se había detenido justo en la entrada. Entre saludos más o menos efusivos se encuentran. Miradas y gestos esbozando un complejo mapa de relaciones: agrados, desagrados, comodidades, incomodidades, seguros de lo que son y de lo que es el resto, cada uno en su versión propia. Parten todos hacía una discoteca dispuestos a emborracharse y lo que surja. Todos vacíos, algunos más sinceros que otros, viven la vida. No se plantean nada. No tienen nada que plantear.

Un bar cercano a la estación. Decorado enteramente con madera al estilo de las tabernas tradicionales. El barman se toma un carajillo mientras observa la mujer de los tacones entrar y reunirse con un hombre que lleva media hora solo. Tomándose la tercera cerveza. Las dos anteriores las había bebido acompañado de otra mujer. ¿Quién coño era ese tío? Se preguntaba el camarero. Unos jóvenes charlan animadamente mientras beben cerveza a buen ritmo. La noche está empezando y tienen ganas de pasárselo bien. Un hombre de edad avanzada bebe whisky en la barra. Intenta ahogar las deudas que le ha dejado el juego pero parece que el alcohol solo las moja y hace que abulten más. Se nota a sí mismo más irascible; le cae peor la gente; sabe que ha hecho cosas que no debía. Se está quedando solo. Pero ya no puede detener eso solo. Necesita ayuda, pero continua bebiendo. ¿Seguirán aguantando otro día más la mujer y los niños? Pide otra copa. El barman lo mira frunciendo el ceño. No debería pero se la sirve. Necesita el dinero. Muchos clientes ya no acuden con la misma asiduidad al local, la gente gasta menos ahora.

Uno de los jóvenes, que tomaba un refresco, se despide de los demás y se marcha. Los otros hacen bromas al respecto pero le desean suerte. Al día siguiente tiene unos exámenes oficiales importantes. La idea de que fuera un sábado al principio le fastidiaba; ahora, más allá de los nervios, siente emoción por haber logrado llegar hasta allí. Conseguir aquel título es algo muy importante para él. No por la titulación en sí, sino por el hecho de conseguirlo: tampoco una meta, solo un respiro, un lugar en el camino donde dejará una marca, desde la que podrá seguir adelante. En otro grupo distinto, una chica sonríe a otro chico. Cada vez que éste hace algún chiste o comentario jocoso ella ríe a carcajadas. Otro chico de ese grupo la mira, cree que disimuladamente, pero apenas puede apartar los ojos de ella. Nadie parece percatarse de ello. Ni siquiera la chica cuando después de un rato encuentra la mirada del muchacho embobado. Entonces ríen y no dan importancia al tema. Pero, aunque él conoce sus sentimientos, es feliz porque puede contemplar su sonrisa, no necesita más. La mujer de los tacones acaba de descubrir que no era la única mujer para su cita ese día, y no era lo que ella esperaba de aquella historia, no lo habían hablado, él no le había dicho nada al respecto. Había dejado a su hijo con la canguro porque creía que esta vez iba en serio, pero estaba claro que aquello era otro fracaso: ¿por qué la gente no expresa con claridad lo que quiere? Se va del bar antes de que su cita vuelva del baño. De paso se lleva el móvil que había estado trasteando, ya no se siente culpable. Nada, otra marca y a seguir intentándolo, no iba a dejar que un imbécil le impidiera seguir con su vida tal y como ella quería conducirla. El camarero pregunta al hombre que sale del baño si piensa pagar la consumición de su acompañante.

En su casa, después de cenar, un joven se pregunta qué hacer. No es dueño de su cabeza. ¿Se emborracha con los amigos para conseguir dejar de pensar? ¿O mejor trata de dormir en vano? No es capaz de pensar en nada más. Tumbado en la cama solo puede pensar en una cosa. Unos ojos y una sonrisa preciosos. Sus dedos acariciando una espalda.

Nitidez

A mitad del paso subterráneo sentí un escalofrío. Era aquella época en la que no sabría decir si llevaba más tiempo la chaqueta en la mano o sobre los hombros y corría una leve brisa por el pasillo, pero no era eso. No supe identificarlo en el momento, seguía pensando en las cosas de siempre. Como cada día, volvía del trabajo cansado y quería llegar a casa, varias preguntas se repetían en mi cabeza. Qué hacer de cena. Poner una película o terminar el libro que tenía a medias desde hacía demasiado tiempo. La cantidad de series que tenía en la lista de pendientes era tan grande que me abrumaba siquiera echarle un ojo. Siempre podía intentar dormir pronto... A quién iba a engañar.

Al salir a la calle, justo tras el último escalón, me di cuenta. Todo estaba desenfocado.

Me quedé paralizado en un lado de la boca que se abría en el suelo. No puedo aventurar cuánto tiempo estuve en aquella posición, ni si otras personas pasaron a mi lado en alguno de los interminables momentos que transcurrieron.

Observé el paseo de árboles que siempre me había llevado a casa, pero el camino habitual no estaba allí, solo había unos borrones de colores. Me sentía como el personaje de las películas al que se le caen las gafas en una persecución y tiene que buscarlas a tientas. Creo que pensé en esa imagen porque yo no llevo gafas, nunca he tenido problemas de vista. No veía exactamente como nos lo pintan en esas escenas, el efecto de desenfoque era parecido, pero cada elemento no estaba borroso al mismo grado, tuve la impresión de que no solo dependía de la distancia. Había algo muy diferente en los colores. Algunos tenían más intensidad que otros: me fascinó la fuerza del verde de las hojas que se mecían con delicadeza. Las grietas en los troncos de los árboles estaban marcadas con una profundidad anhelante, que evocaba la sensación del vacío que te llama cuando te encuentras en un saliente elevado. En el lienzo rosado más allá de las copas de los árboles se recortaban estallidos blancos y brillantes de formas imposibles. El paseo de cemento tenía un aspecto grisáceo y anodino que no me llamaba nada la atención.

Empecé a pensar en qué me estaba sucediendo. Los pensamientos se habían agolpado en mi cabeza con tanta velocidad y número que de alguna manera habían hecho tapón. Ahora iban filtrándose poco a poco, tal vez cediéndose el paso entre sí. Enfermedad, alucinación, estrés, sueño, ilusión, miedo, muerte. Goteando como el sudor frío que me recorría al detenerme a mirar las ideas de cerca. Cerré los ojos y me masajeé las sienes, emulando un intento de calma que no sé si hubiera sido muy convincente ante ningún espectador. Inspiré y espiré con demasiada furia varias veces, postergando el momento de abrir los ojos de nuevo; finalmente, con los puños cerrados, lo hice.

Todo seguía igual.

Sin embargo, me convencí de que no era tan grave; después de todo, a grandes rasgos veía mi entorno. No debía ser tan complicado llegar hasta mi casa. El primer paso fue extraño, al poner el pie en el suelo, lo sentí algo acolchado, como si pisara un lugar con abundante arena. El resto del camino lo pasé sintiendo el peso de mis brazos balanceándose y las formas que describían mis piernas para poder avanzar. Los colores de mi alrededor destellaban de tanto en tanto, aunque en ningún momento me detuve a admirarlos. Si no le prestaba demasiada atención y mantenía el objetivo funcional de llegar a mi casa, no se diferenciaba tanto de otro día más.

Cuando fui a coger la llave para abrir la portería, me asaltó otro escalofrío. Mi mano estaba borrosa.

Al acercarme a la puerta había comprobado que esta se iba definiendo a medida que se acortaba la distancia que me separaba de ella… Pero mi mano estaba ahí mismo y no era más que un borrón blanquecino que sostenía un manojo de tres llaves nítidas.

Trepé las escaleras de dos en dos, intentando no fijarme en ningún detalle en el trayecto, evitando mirar directamente mis manos de nuevo. Llegué a mi planta entre jadeos, abrí con torpeza la puerta y me eché contra ella desde dentro. Todo estaba bastante oscuro, solía dejar las persianas bajadas casi al máximo.

Tembloroso, avancé como un zombi por mi piso hasta la habitación. Una vez dentro me giré, buscando el interruptor de la luz. Lo pulsé. Después de unos segundos inmóvil, me acerqué a la cara la mano que había usado para iluminar la estancia. Seguía siendo la misma figura emborronada. Contemplé durante largo rato la palma. Los surcos no eran más que jirones desgastados, ya no se podían ver las intrincadas líneas que dibujaban un extraño mapa. Con los dedos de la otra mano y un tacto trémulo, reseguí las formas, creía notar las estribaciones en las yemas, pero tal vez solo eran recuerdos.

Me senté en la cama, todavía examinando mis manos; detrás de ellas, la pared. La pintura azul, que durante tanto tiempo me había parecido gastada, sucia, necesitada de una nueva capa, relucía como el mar en los primeros momentos del atardecer. Las manchas aquí y allá hacían que el color, en conjunto, brillase más. El brazo derecho, como un autómata, se extendió con ligereza hacia delante y desplegó su mano de manera que el corazón rozó la pared. Estaba fría.

Ya no podía postergarlo más. Me di la vuelta y me miré al espejo de pie. En él se reflejaba una figura. Mi cara no estaba desenfocada exactamente, un poco sí, pero era… ¿regular? Aun así, las facciones que había en ella no eran las que acostumbraba a tener. Eran imprecisas. La mirada era esquiva y se apartó cuando estuve a punto de establecer contacto. Después de unos segundos volví la vista al mismo punto y descubrí que los rasgos parecían… No, con seguridad eran distintos a los que acababa de ver hacía un momento. Era otro rostro.

La ola volvió más tarde, imposible de nuevo especificar cuánto tiempo transcurrió hasta entonces, pero una simple idea la había descorchado.

Como un relámpago absurdo en mi mente, pensé en si aquello era lo que les ocurría a las personas con prosopagnosia, había descubierto aquel trastorno en una obra de ficción, que servía como recurso para encubrir parte de la trama, y siempre me había preguntado cómo sería experimentarlo. Pero debía ser como lo de las gafas en las películas, es difícil representar aquello que se desconoce, aunque podamos reconocer lo que le asociemos.

El resto de pensamientos se cansaron de esperar, de notar cómo sentía aquellas escenas, y volvieron a la carga. Se armaron los arneses y se descolgaron desde las vigas más altas de mi mente, dispuestos a ocupar todo el lugar, armados con todo tipo de artilugios y herramientas. Rascaron las paredes, destrozaron los muebles, rompieron los objetos valiosos. Abrumado, solo podía sentir el vacío de aquel estruendo.

Tuve un instante de un terror eterno, profundo, como si la muerte me hubiera rozado una mejilla, con sus dedos o tal vez sus labios. ¿Qué significaba aquello? ¿Por qué estaba así?

Y, no obstante, tras esa eternidad, el frío del miedo se esfumó. Me sentí allí, en la habitación, bañado por aquel mar. Lejano. Sentí su agua tan clara rozándome los pies.

Me levanté con una decisión que jamás había experimentado. Sin darme cuenta estaba sentado frente a un puñado de hojas. Los lápices a mi alcance, los borrones de mis dedos sosteniendo una y otra cosa. Los trazos se entretejían en una melodía tan limpia como aquel mar, como si después de toda una vida alejados se reencontraran y se reconocieran. Y no cesaba. Se susurraban, se rozaban y se unían de formas inesperadas. En su baile, siempre resultaban en imágenes nítidas.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll to top