colors

Construyendo algo más que estaciones de tren

Haruki Murakami tiene un estilo que me gusta. O mejor dicho, me engancha, me cuesta dejar de leer sus libros. Aunque a veces esto es más negativo que otra cosa, porque engullir una lectura tampoco me agrada especialmente, a veces querría poder tomármelo con más calma, espaciar los momentos en que me pongo a leer para disfrutarla más… Pero en este caso no puedo. Aquí trataré de hablar un poco de lo que me ha parecido una de sus novelas más recientes, que leí en apenas un par de días, Los años de peregrinación del chico sin color (título original 色彩を持たない多崎つくると、彼の巡礼の年, publicada en Japón en 2013, escrita por Haruki Murakami; traducida al español ese mismo año por Gabriel Álvarez, y publicada por Tusquets), os dejo con mis impresiones sobre la historia de Tsukuru Tazaki, un hombre que se dedica a construir estaciones de tren.

«We build Cathedrals to our pain

Establish monuments to attain

Freedom from all of the scars and the sins

Lest we drown in the darkness within»

Darkness Within, Machine Head

El primer hecho que se nos narra es el punto central de la novela: la crisis de soledad del protagonista debida al abandono de sus amigos de infancia. El punto temporal en el que se desarrollan los hechos de la trama principal es posterior, cuando Tsukuru tiene 36 años, pero en esta posición privilegiada, el principio de la narración, se nos presenta el momento crítico de su vida, lo que además da sentido a la obra.

El estado de profunda soledad en que queda sumido el chico sin color va mucho más allá de sentirse solo en términos de espacio físico, incluso más allá de sentir que no existen lazos que lo aten a otras personas. La ruptura es tan flagrante, de un rechazo tan intenso, que Tsukuru queda desamparado e incapaz de hacer nada para regenerarse y restablecer la capacidad de crear nuevos lazos con otras personas.

La herida es tan grave que después de muchos años, cuando trata por fin de unir su vida a otra de manera plena, reconoce que ha de volver a aquel hecho de su pasado para tratar de desterrarlo de sí mismo. Volver a aquel grupo de amigos y conocer la verdad de su cruel rechazo para así, tal vez, lograr una vida menos vacía.

Los constantes saltos temporales de la trama van hilvanando la historia de la vida de Tsukuru. Desde la felicidad debida a la intensa compenetración con el grupo de amigos de la infancia hasta esa mujer de su presente que percibe su bloqueo y le insta a resolverlo, hasta el camino que le ha llevado a ella, con su frágil amistad con Grey como hecho excepcional y, por último, el reencuentro con sus antiguos amigos.

En ese camino hay algo fundamental para Tsukuru, que él no llega a comprender, pero que le viene dado de la mano de Grey, y es en realidad muy importante para su recuperación: la música. Cómo no, en la obra de Murakami siempre hay alguna pieza musical que tiene bastante peso en la historia, hasta el punto en que articula la misma narración. El ritmo de la trama se asemeja al de la pieza del mismo modo en que Tsukuru se identifica con el Mal du Pays.

Escuchar «Années de pèlerinage, Book I; de Franz Listz interpretada por Lázar Berman»
(en youtube en 23:53 empieza Le Mal du Pays, en spotify es un enlace directo a ese tema).

Los personajes se asocian a colores porque sus nombres o apellidos los contienen. Además, esos colores son parte de su caracterización (tienendo en cuenta las referencias culturales y simbólicas japonesas, claro). Así, Kuro (negro en japonés) es una chica seria y cínica, Shiro (blanco) es guapa y radiante, Aka (rojo) es inteligente y apasionado y Ao (azul) es atlético y simpático. Finalmente, en sus años de peregrinación, conoce a Grey, otro chico con un color, que se presenta como alguien muy complejo, manifestado varios tonos del color al mismo tiempo. Tsukuru, sin embargo, no tiene ningún color en su nombre, ni fonéticamente ni en kanji, lo que le produce cierto sentimiento de exclusión. Más adelante comprenderá que esa ausencia de color también tiene (y tenía) una fuerza tan o más importante. (Tsukuru en japonés significa construir).

En su conjunto, la novela tiene un aire más cercano a nuestra realidad, al estilo de Tokio blues (Norwegian Wood) o Al sur de la frontera, al oeste del sol, que el resto de obras de Murakami, en las que lo fantástico está más presente y tiene mayor peso. Aquí hay elementos fantásticos también, pero quedan más difuminados. Son menos, pero también hay que decir que esta sensación se deriva de que dichos elementos están encajados muy bien en la trama, cohesionados de una manera muy natural, orgánica, con el resto de elementos más «realistas». También hay una tendencia a hilvanar más las historias, la mayoría de ellas quedan más cerradas y se concretan más que en otras obras del autor, aunque también hay historias extrañas y aparentemente aisladas, como la del padre de Grey.

Estamos, pese a todo, frente a una historia bonita. Nos recuerda constantemente lo bien y lo mal que lo puede pasar el ser humano. No da un mensaje directo sobre los motivos por los que hay que luchar, ni tan siquiera habla explícitamente de que sea necesaria esa lucha, aunque podemos entender la visión que tiene Tsukuru durante toda la obra respecto a este tema. Pero yo me quedo con un sentimiento por encima del resto, motivo por el cual he escogido un fragmento de la canción de Machine Head para encabezar el artículo: la ayuda que nos puede aportar la música; la capacidad de la música de resonar en nuestro interior y acercarnos a todos esos miedos y dudas que tenemos escondidos para así poder enfrentarlos.


Si queréis leer más textos como este, consultad la sección Reseñas.

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