coffee

La cafetera I

El día amaneció y me encontró despierto. Tenía fiesta, así que no me preocupé de levantarme pronto, pero no podía dormir más. Después del arduo viaje al lavabo con el fin de evacuar una vejiga llena, había levantado la persiana. Aparte de ese breve instante permanecí en la cama, arrullado entre los pliegues del nórdico. Me resultaba agradable la claridad gris que entraba por la ventana y nunca he tenido problemas para dormir con ningún tipo de intensidad lumínica; aquel no era el motivo por el que no pude conciliar el sueño.

Saqué un pie por debajo de la funda nórdica y una leve sensación de frío recorrió mis dedos hasta que los escondí de nuevo. El calor no me reconfortó como otras veces.

Después de muchas vueltas y estiramientos, siempre tratando de huir de reflexiones profundas en lo que tardan en transcurrir varias horas, me encaminé a la cocina. Preparé un café mientras me planteaba comprar una cafetera de cápsulas. Resolví acercarme a alguna tienda de electrodomésticos ya que tenía el día libre. No era la mejor manera de pasarlo, pero la verdad es que no me había propuesto previamente ninguna manera en concreto. Era el día que me correspondía por haber trabajado un festivo y quería recuperarlo antes de acabar el año; pero no había ninguna razón especial para haber escogido ese lunes.

Cuando me senté a la mesa con la taza de café y el cuenco de cereales (con una pizca de leche) al lado, me percaté de que no había cogido la cuchara. Me puse en pie malhumorado y con el movimiento vacié la taza sobre el mantel; no tuve reflejos suficientes para detener el vertido y además estuve un rato con la taza vacía entre los dedos contemplando cómo se extendía el líquido por la superfície. Cuando este llegó al extremo de la mesa sí lo detuve, enrollando los filos del mantel. Aparté el cuenco y plegué sobre sí misma la tela formando una bola. Decidí tirarlo a la basura, ya había vivido suficientes años y así tendría otra cosa que hacer aquel día.

Me tomé de un sorbo la miseria de líquido negro que había quedado en la cafetera y comí los cereales algo distraido. En un viso de realidad percibí que el gris del día se había hecho más oscuro. No tenía ni remotas ganas de salir si llovía, nunca me hacía gracia salir los días de lluvia si no era para llevar a cabo alguna obligación; era mucho mejor ver caer el agua desde la comodidad del sofá.

Determiné salir cuanto antes pues se me había antojado investigar sobre las dichosas cafeteras. Me aseé rápidamente y me puse unos tejanos que descansaban alegremente en el respaldo de una silla, la primera camisa que agarré del armario y el abrigo largo que colgaba de la percha del recibidor.

Salí tan a prisa que no cogí el paraguas. Tampoco me di cuenta, cuando pasé junto al cubo de basura, de que con el mantel estaba tirando un pedazo de mi propia vida.


Si queréis leer más textos como este, consultad la sección La cafetera.

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